El día que olvidé que Campos era Campos

Sí, el día que entramos al pre lo primero que encontramos fue un vida interna nuevo, acabado de estrenar, recién sacado del naylon. De los alumnos más viejos escuchamos los cuentos del vida interna anterior, un tal Bringas, quien en el verano anterior había encontrado a su mujer con otro y, en lugar de botar el sofá, había decidido acabar con la esposa infiel y no sé si  con su amante también. Y después se había suicidado. Así de sencillo.
Campos era un tipo chiquitico, y por su aspecto no creo que hubiera infundido temor a nadie. No obstante, cuando se paseaba por el medio del pasillo central, todo el mundo se quedaba quieto, como si estuviésemos en una de esas películas del oeste y por la calle estuviera pasando el sheriff, presto a sacar la pistola y disparar si te pasabas de la raya. Bien visto, era algo así: Campos el sheriff, nosotros los habitantes del pueblo a quienes había que mantener a raya.
Para contribuir con este ambiente estaba el director de la escuela. Era un tipo grande que casi nunca se dejaba ver, y a quien, por la cadencia de su andar pesado, todos llamaban el Cowboy, o más sencillamente, el Boy. Así, en el reparto de la película bien podía ser el alcalde del pueblo, que mandaba por delante a su sheriff a imponer el orden mientras él se encerraba tranquilamente en su despacho a esperar que todo se resolviera.
Personalmente Campos no me preocupaba demasiado; creo que me acostumbré bastante rápido a la disciplina del pre. Eso sí, como no tenía intenciones de ir frecuentemente al campo, a dar guataca y machete en el huerto de Maido o a recoger boniatos en las cooperativas cercanas, no tardé en tratar de entrar en la preselección de computación, donde pensaba que podía tener algún chance (también aprobé para entrar en la de matemáticas, y fui al primer encuentro con el profesor Otto, después de lo cual me di cuenta de que eso no era para mi, y de que no iba a durar un día más allí).
Un viernes, día de pase, estaba en la cátedra de computación hablando con el viejo Bittencourt. Bittencourt se había quedado esa noche de guardia, única razón por la cual estaba allí ese día en el que no había clases y todo el mundo se iba para sus casas a media mañana. Abajo, en el área de formación, ya la gente se formaba con sus maletines y bolsos, para salir en las guaguas. Yo todavía tenía que recoger mis bultos antes que cerraran el albergue, cuando Bittencourt me dice: Busca a Campos y dale estas llaves. No tenía idea de dónde eran las llaves, ni me interesaba. Bajé corriendo al pasillo central, apurado por cumplir el encargo y subir de nuevo al tercer piso donde estaba el albergue.
Allí encontré a Campos , delante del comedor, y todavía sofocado le dije:
-Profe, el Viejo le manda estas llaves.
Campos ni se dignó a coger las llaves. Solamente me miró de arriba a abajo, con su cara seria. Creo que llevaba puesto el pulóver de la recreación, pero estaba justificado: mi grupo había estado limpiando los pasillos por la mañana.
-¿Cómo dice?
-Que el Viejo le manda estas llaves, le repetí.
-¿Quién?
Cómo que quién, pensé. A estas alturas, yo solo llevaba un par de meses en la escuela y ya sabía que el Viejo era Bittencourt. ¿Cómo Campos, que llevaba unos cuántos años allí, no lo iba a saber? Bueno, en fin, quizá no lo sabía, así que quise rectificar.
-El Uruguayo, que le manda estas llaves, le dije seguro de que ahora sí iba a saber quién era. Todo el mundo sabía que Bittencourt era uruguayo, y que iba a todos lados con su pipa, su paquete de mate y su termo con agua caliente. Pero Campos, al parecer, no caía, porque volvió a abrir los ojos y me dijo:
-¿Quién?
En ese momento el que caí fui yo. Había metido la pata hasta el fondo y cada vez que hablaba caía más hondo. Traté de rectificar:
-El profesor Daniel de Bittencourt le manda estas llaves.
Al parecer esa era la respuesta adecuada, porque Campos en esta ocasión sí tomó las llaves, sin dejar de mirarme con cara seria. Yo, cumplido el encargo, y antes de que la situación tuviera mayores consecuencias, me alejé por el pasillo.
Estoy comiendo mierda, nada más a mí se me ocurre hacer esto el día del pase, pensé al tiempo que subía las escaleras del dormitorio.

Luis, enormísimo hijo de puta

Luis el PMI durante la graduación

Luis el PMI durante la graduación

(respondiendo, esta vez, a un comentario de Cristina en la publicación anterior)

Era diciembre y hacía frío, y estábamos en ese 11no grado en el que parecía que todo iba a suceder. Era, además, la noche de la fiesta de disfraces, cuando me avisan de que todos los estudiantes del cuadro de honor teníamos una reunión en la dirección. Estar en el cuadro de honor significaba que eras de los que sacaba 100 en todas o en casi todas, de los que se ganaban el cartelito de integrales, que te comías los libros hasta de las asignaturas que menos te gustaban, que eras, en fin, un quemón, un matao, y que estabas pasao, escapao, y que ocupabas uno de los primeros lugares en el escalafón para optar por las carreras en un preuniversitario donde cualquiera podía ser de los primeros.
Allí estábamos todos cuando llegó Luis el PMI. El asunto consistía en que se estaba preparando una de esas caminatas, invasiones o qué se yo que actividad que implicaba ir de un extremo a otro de la provincia a caballo, creo que siguiendo el camino de la invasión que 100 años antes Antonio Maceo había llevado a cabo con su tropa de mambises. Algo de eso era. Y quién mejor que nosotros los del cuadro de honor, nos decía, para representar a la escuela en tan importante actividad. Después de varios minutos explicando los pormenores del asunto, supongo que todos estábamos embullados, o al menos yo lo estaba. Cuando preguntó si alguien no quería ir, creo que nadie dijo que no. Y si alguien lo hizo, ahora no lo recuerdo.
Claro, que todo no podía ser felicidad. Al parecer no había plazas para todos los que estábamos allí. Quizá él contaba con que algunos se iban a querer quitar del asunto en un principio, pero no había sido así. Y quizá, digo yo, también contaba con que uno de los que se iba a querer quitar era yo.
Hay uno que se debe quedar, nos dijo. Y después de ciertos circunloquios explicando que no debía ser una muchacha por el asunto de la mujer y demás, y que por tanto debía ser un varón el que sobrara, sin más me señaló a mí, así, democráticamente.
Era del todo decepcionante, que te invitaran a una activiadad, te dieran cuerda y después te dijeran, tú te quedas. Era un enormísimo hijo de puta, pero eso no lo iba a saber sino poco después. En ese momento no había mucho que decir. Podía protestar, sí, pero sin mucho fundamento. Si alguien debía quedar fuera, y por algún azar debía ser yo, pues me tenía que joder.
Y así lo hice. Me jodí. Me trague la protesta. Y me fui para el albergue.
Pero la historia no acaba ahí. Ya digo, con esto no era suficiente para llamarlo un enormísimo hijo de puta, y quizá ni siquiera se ganara con ello el título de hijo de puta mediano o pequeño.
Poco después, esa misma noche, me enteré de que había otros estudiantes de la escuela que iban a la famosa actividad, para participar en las ceremonias. Y para colmo casi todos eran de mi grupo.
Claro, esta vez sí tenía fundamentos para ir a protestar y lo hice. Aunque por supuesto, no sirvió de mucho. Luis se disparó como el mejor toda mi perreta y me dio alguna explicación no muy convincente. Y ya, que no jodiera más. Que no iba a ir. Asunto cerrado.
Por supuesto, no fui.
Claro. Hasta acá Luis el PMI sólo era un hijo de puta de nivel medio.
El nivel superior vendría más tarde, a la hora de dar las notas de su asignatura, a finales del curso.
En esa ocasión, entre tantos 100 otorgados a manos llenas, Luis el PMI me anunció que solamente tenía 97, o 98. Ahora no recuerdo bien, aunque tampoco viene al caso. En aquel momento era mi primera nota por debajo de 100  durante los dos años de pre, y eso dolía. Cuando quise saber la causa, me explicó muy amablemente que no podía tener 100 porque ¡¡no participaba en las actividades!!
Díganme si no era un enormísimo hijo de puta.

Después de aquello no tuve más que ver con Luis el PMI. Durante el 12 grado se fue a trabajar de director del Castillito, y después retornó a la escuela. Justo a tiempo para, durante el viaje de regreso de la fiesta de graduación, coger tremenda curda y bajarse los pantalones en medio de la guagua. Lamenté mucho esa vez ir en la guagua de alante y haberme perdido semejante espectáculo. Y me alegré, eso sí, de que por esa vez él mismo se hubiera cocinado en su propia salsa. Aunque después, como era de esperar, no parece que tuvo mucha repercusión.

Vocación

para Karina Marrón

(respondiendo a su publicación en Espacio Libre)

Una, dos, tres… y hasta la quinta opción. La boleta tenía más espacios, se podían pedir más carreras siempre y cuando fueran de corte pedagógico. Pero quién quería ponerse a dar clases, irse a estudiar a Ciudad Libertad cuando muy bien podía terminar en la UH, o en la Cujae. Sobre todo la UH. De la infancia me llegaban los recuerdos de mi madre haciendo pruebas los domingos en la tarde, en la facultad de Filosofía e Historia de la UH, curso para trabajadores, o adentrándose en la antigua casa de don Fernando Ortiz, yo junto a ella, en busca de algún libro necesario. Recordaba mirar los autos bajando a toda velocidad por la calle aledaña al estadio universitario, y a mí mismo correteando por los alrededores de la facultad de Historia, o por sobre el techo de la cafetería donde años más tarde el gordo Gerónimo (el Alcalde de Sodoma, según el negro Tomás) nos vendería todo tipo de panes, empanadas, arroces y refrescos, cuando queríamos buscar alguna opción a los repugnantes almuerzos del comedor universitario José Machado (el cual, dado el carácter terrorista de las comidas que allí se ofrecen, bien podría llamarse Gerardo y no José, para no deshonrar al héroe y sí aborrecer al otrora dictador).

Así que nada de Pedagógico. Mi promedio durante los tres años me lo permitía. Había obtenido 100 en todas las materias, excepto en Educación Física 11no grado (“ven a revalorizar”, me había dicho el profesor durante el almuerzo delante de todos mis compañeros, pero yo decidí no pasar por la humillación de revalorizar esa “asignatura”); y Preparación Militar, donde no gozaba del aprecio de Luis el PMI, quien se negaba a darme los 2 o 3 puntos que me faltaban para llegar a la calificación perfecta. Las calificaciones del segundo semestre de 12 grado no contaban. Esas no eran tan buenas, pues había decidido dedicarme a la guitarra durante los autoestudios en lugar de estudiar, digamos, la ley de la relatividad de Einstein (la profesora de Física me había salvado de mi primer suspenso en el pre al regalarme sesentaytantos puntos en esa prueba).

Así, tenía a dos muchachas por encima en el escalafón para Ciencias de la Computación, mi asignatura preferida.  Liuva y Cristina, ellas dos con sus 100 puntos exactos; yo con mis 99 largos, y los demás aspirantes por debajo de mí; ten total res o cuatro más, de forma tal que no alcanzaban las 5 plazas que se ofrecían para toda la provincia Habana.

Rellené la boleta como mejor se me ocurrió. La segunda opción fue Ingeniería Informática, prima hermana de la primera, aunque su corte marcadamente ingenieril nada tenía que ver con mi vocación por la programación. El tercer y cuarto lugares lo ocuparon dos ingenierías más, de cuyos nombres no logro acordarme, y en las cuales quizá no hubiera sido muy feliz. El quinto puesto, para cerrar con alguna asignatura que sí pudiera obtener en caso de fracasar las otras cuatro, lo ocupaba la Matemática pura. Años más tarde, y no frente al pelotón de fusilamiento sino estando ya en la propia facultad de Matemática y Computación, comprendería que seguramente no habría durando demasiado en esa carrera.

Esas fueron mis opciones. Hices las pruebas de ingreso y de mi tercer lugar caí al quinto. Los estudios de guitarra me habían relajado tanto que en las pruebas de ingreso no logré los mejores resultados. No obstante obtuve lo que quería. Afuera quedó mi amigo Carlos Cueto; él si se tuvo que ir con la Matemática pura, y no le fue mal: se graduó y ahora es profesor en la UH.

De toda esta historia solo queda añadir que durante el año del Servicio Militar comenzaron las dudas. Un día me di cuenta de que me interesaba escribir, que debía haber pedido alguna carrera afín con las letras. Sin embargo no hice nada por cambiar de carrera, aunque lo tuve en planes si por alguna casualidad no me iba bien en el primer año. A fin de cuentas, la programación siempre me había gustado y me sigue gustando, de forma tal que me convertí en un escritor frustrado. Pienso que de haber cambiado, habría sido entonces un programador frustrado.

Terminé mi licenciatura en Ciencia de la Computación; alternativamente pasé el curso del Centro Onelio Jorge Cardoso. Mis conflictos profesionales aun siguen sin resolverse.

Pánfilo, la jama y la crítica musical

Quizá todos se fijaron en Pánfilo, se rieron de Pánfilo, repitieron sus palabras y hasta oyeron las versiones reguetoneras que se hicieron con su discurso (ver: Aquí lo que hace falta es jama y otros). Pero quizá no todos se fijaron en algo no menos interesante que lo dicho por Pánfilo: las teorías musicales que trataba de exponer su, llamémosle así, socio. Porque, al tiempo que Pánfilo hacía catarsis de sus carencias alimentarias, interrumpía la sabia disquisición de su amigo, el hombre del sombrero roto y la ropa sucia a quien todos han tenido hasta el momento como personaje secundario de esta historia, cuando estaba llamado a ser su protagonista.

Sin más los dejo con la transcripción de lo que Pánfilo NO dijo. Las palabras que no comprendí estan marcadas con un signo de interrogación (?).

PERIODISTA: Oye, qué tu crees del proyecto (?)
SOCIO DE PÁNFILO: Ese proyecto está bueno, me gus… no lo he oído pero me han dicho que se mantiene el reguetón, y se mantiene la farándula fuerte, y ademas de eso…
[ENTRA PÁNFILO]
SOCIO DE PÁNFILO: … eh, el disco está bueno, buen disco…
[SIGUE PÁNFILO]
SOCIO DE PÁNFILO: …el disco está bueno, se graba la tradición de Cuba, pero se puede meter igual pa todo el reguetón del mundo, ese grupo, eh, el grupo, eh, Urbano, eh, tú me entiendes, es un grupo de reguetón que está bueno, que está sonando en toa labana …
PERIODISTA: No es de reguetón, es de rap.
SOCIO DE PÁNFILO: … es un grupo de rap que se oye bien en la televisión cubana, en parte de la radio, [PÁNFILO: OE COMIDA] en parte del (?) bismusis… tú me entiendes, se está grabando porque se está grabando la tradición. Ese grupo …
[DISCURSO DE PÁNFILO]

Acerca de la filosofía

-Tengo que ir a la filosofía.
-¿Adónde?
-A La Filosofía.
-¡No me digas!
-¿Y por qué no te lo voy a decir?
La filosofía, desde Sócrates, sirve para cubrir la ignorancia con la pátina del pensamiento. Ha habido toda clase de filosofía: aristotélica, platónica, neoplatónica, escolástica, clásica. Pero en La Habana ha llegado al colmo: la filosofía es una tienda de ropa (…)

Guillermo Cabrera Infante
“La ninfa inconstante”

Amo a una mujer que escribe poemas

para YJR.

Amo a una mujer que escribe poemas.
Estoy enamorado de unos versos que hablan sobre la tristeza y la soledad, de algunas palabras cruzadas por correo, de una tarde de diciembre sentados en un parque.
Amo a una mujer que ama a Dulce María (esa perra es divina, me dice), y a Borges (un perro retrógrado, pero divino también), y a Girondo, y a Alejandra Pizarnik.
Entonces que más me da, amigo Oliverio, que sea fea, o gordita, o que tenga las manos más descuidadas y horribles del mundo. ¿Podría dejar de amarla por eso?
Porque he comenzado a sospechar, sabes bien de lo que hablo, Oliverio, que esta mujer es de las que saben volar. Al menos, y de esto sí estoy seguro, cuando pienso en ella, yo puedo volar.

Por supuesto, esta mujer no es real.
Intuyo que la mujer real se debe parecer más a cualquier mujer real que a la mujer que escribe poemas.
El día que le confiese mi amor, seguramente echará a correr (por miedo de la lluvia, por miedo del frío, me dirá más tarde), tal y como haría cualquier mujer real.
Así, tendré que volver a amar a la mujer que escribe poemas. Me conformaré con soñar con los versos que hablan sobre la tristeza y la soledad, con las palabras cruzadas por correo, con una tarde de diciembre sentados en un parque.

Decía Pedro Calderón que la vida es sueño. Yo, por el momento, he comenzado a comprender la diferencia entre el ser y el pensar.

lunes 2 de febrero de 2009.

El arte de escribir novelas

(…)
Por otro lado, está la concepción del diálogo en John Dos Pasos, que yo creo que mame cuando era niño y que nunca me la he podido quitar de encima. Es la idea de que los diálogos no son funcionales y no sirven para hacer avanzar la novela sino para contar a los personajes. También eso esta ahí y Dos Pasos es tan importante como la defensa de las banderas de Guillermo Prieto, Riva Palacio, Altamirano, Ramírez. Odio los diálogos funcionales cargados de información: No hay nada que me moleste más que alguien entre en una novela y diga: “pasaste a las tres a ver a no sé quien, porque tenías que hacer esto y lo otro”, además nadie habla así en la vida, nadie habla para que la vida avance anecdóticamente, chingá.

(…)
Desde que escribí mi primera novela, me juré que siempre entraría un vendedor de lotería a vender un vigésimo en el momento más inoportuno, cuando nada tenía que hacer ahí, cuando estorbaba al avance de la novela, que esta vida rara incursionaría en la literatura de tal manera que le estorbara. Siempre hay alguien estorbándole a la novela porque la vida es así, está llena de cuates que te hablan por teléfono cuando no debieran. La llamada telefónica inoportuna es la esencia de la vida. Es la prueba de nuestra incapacidad de avanzar en línea recta.

Entrevista a Paco Ignacio Taibo II

Acto de fe

…y en un mundo que sabemos caótico, no hay forma de mantener una esperanza si no es por medio de un acto de fe…

Las palabras se gastan

He descubierto que los excesos pueden resultar tan peligrosos como las carencias.
Las palabras se me han gastado. De repetirlas tantas veces, de usarlas en tanta frase torpe, en tanto intento vano, las palabras han dejado de ser lo que eran antes. Y se han gastado también las palabras que no dije, las que callé a propósito; y se han gastado las palabras que alguna vez soñé decir.
Mi silencio no es ya el silencio de quien se reserva para una ocasión mejor. Ahora no encuentro las palabras. Todas se han ido. Y no tengo con qué decir.

18 de noviembre de 2008

Thamesis: el umbral de los sueños

Aprovecho que hoy es día de anuncios para hacerle una pequeña promoción al blog de Yanet: El umbral de los sueños. Si alguien quisiera un adelanto de lo que podría encontrar allí, en mi blog puede leer algunos de sus textos y poemas. Por segunda vez les deseo una agradable lectura, esta vez a todos los que se atrevan a traspasar el umbral de los sueños de Yanet.

Dos blogs: dos mundos paralelos

Bajo el metatrancoso título de Dos blogs: dos mundos paralelos, o simplemente Mundos paralelos, he retomado mi espacio en Blogger, en esta ocasión en el dominio lasmanosvacias.blogspot.com (la antigua dirección elblogdelblanco.blogspot.com exists never more). Cualquiera diría que con tal título intento parafrasear a Plutarco, aunque no hay por qué hacer caso a tales ideas. Tampoco se dejen engañar por la dirección electrónica. Aquel sitio no tiene nada que ver con este. Como bien dije, son dos blogs paralelos, y por tanto, no tienen puntos de encuentro.
Espero que todo el que se aventure a darse un salto por allá, tenga una agradable lectura.

Intermezzo

…y a uno le da por preguntarse qué ha hecho en todos estos años, y si han servido para algo, y se pone a sacar cuentas del tiempo perdido, y entonces cae en una de las tantas disquisiciones existenciales que sólo sirven para amargarle el día… ¡maldita manía de pensar!

Regalo de cumpleaños

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar
Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Acá les regalo, en el día de mi cumple, uno de mis textos preferidos de Julio Cortázar.

Aquiles y la tortuga

Por mucho que Zenón se empeñó en explicarle a Aquiles las reglas del juego, este no llegó a comprender que, en lugar de pasarle por el lado a la tortuga y ganar fácilmente la carrera, debía ir tan despacio como pudiera, de forma tal que, por mucho que se acercara a ella, nunca lograra alcanzarla.
A la hora de la verdad, Aquiles corrió tan rápido como pudo y llegó a la meta en pocos segundos, para admiración de sus seguidores. La tortuga no tuvo otro remedio que retirarse de la competencia cuando comprendió que no tenía sentido seguir, y avergonzada metió la cabeza dentro del carapacho.
-¡Qué mierda de carrera! -comentó Zenón desde la tribuna, mientras pagaba el dinero perdido en las apuestas. -Estos malditos militares nunca llegarán a comprender lo que dice un intelectual.

Cartago

Llegará el día en que finalmente caigan los muros. La ciudad dejará de resistir, vencida por el cansancio, por el hambre y el tedio. De nada valdrán los viejos discursos, las consignas repetidas hasta el hartazgo, el saber que la patria le reserva un lugar especial a los héroes, a los que resisten y mueren por ella.
¿De qué servirá la sangre derramada si la ciudad desaparece, destruida hasta los cimientos y consumida por el fuego; si los sobrevivientes desaparecen también, desperdigados por el mundo, vendidos como esclavos en países lejanos?
¿Qué será de nuestros padres, demasiado viejos para pelear o para huir; qué dirán nuestros hijos, siempre dados a cuestionar nuestras decisiones, por no haber elegido el camino del exilio?
¿Quién conservará nuestras imágenes, nuestros libros, la sagrada memoria de nuestros ancestros?
¿Quién quedará para dar fe de nosotros, ahora que los vencedores se aprestan a rescribir nuestra historia?

Virtuoso

Libre de mí voy muriendo en todos. Dejándome morir en todos para no vivir en mí; quiero morir la muerte de otros, salir a vestir mi sed de palabra, de ataúdes, de rosas blancas.
Todo para ver la luz que me ha sido negada por los aplausos, la suerte infatua del nunca pierde, la creencia absurda de que mi camino es una senda de virtudes.

Yanet Jiménez Rojas

El otro

Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?
¿quién se murió por mí en la ergástula,
quién recibió la bala mía,
la para mí, en su corazón?
¿sobre qué muerto estoy yo vivo,
sus huesos quedando en los míos,
los ojos que le arrancaron, viendo
por la mirada de mi cara,
y la mano que no es su mano,
que no es ya tampoco la mía,
escribiendo palabras rotas
donde él no está, en la sobrevida?

Roberto Fernández Retamar
El otro

Raimundo Kahn

(…)
Durante los últimos años había visto cómo todos sus amigos se iban del país. Uno a uno, y por distintas razones –un doctorado en México, una novia en el lejano Ecuador, un viaje de visita a Guatemala (¿a buscar qué a Guatemala?, había pensado Raimundo), una beca para estudiar música en Brasil, como si no sobraran escuelas de música en La Habana; un viaje de trabajo a España, otro doctorado, esta vez en Alemania-, todos habían tomado su propio rumbo y lo habían dejado más solo que antes. Eso por no contar algunos intentos fallidos, como el de aquella amiga que había estado empatada con un francés y a quien supuso con un pie en el avión y el otro en París, y después, por alguna razón que nunca llegó a saber, todo se vino abajo; y a algunos otros que sospechaba se habían anotado en el bombo y que un buen día se aparecerían con el pasaporte rumbo a los Estados Unidos en la mano. Lo más curioso, pensaba Raimundo, era que todos aquellos que se habían marchado, no importaba a dónde ni por qué razones, más tarde o más temprano habían ido a parar a Miami.
(…)
Quizás por seguir la moda, o porque se sentía demasiado solo, Raimundo había decidido irse él también para Miami. Eso sí, se iba a ir directamente, sin dar rodeos ni pasar por terceros o cuartos países, pues resultaba demasiado engorroso y no tenía demasiado dinero para invertirlo en esa empresa, y no quería andar pidiéndole a todos aquellos amigos, cada vez más distantes: cuando estuviera allá ya los tendría que molestar hasta que lograra acomodarse.
(…)

Las palabras de los poetas

-¿Mañana fue miércoles?- le pregunta el niño a la madre. Y la madre le responde, bajito, al oído, como para no molestar a los que van con ella en la guagua, que no se dice “mañana fue miércoles”, y le explica que ayer fue miércoles y que mañana será viernes, hasta que el niño, conforme, se pone a explicarle una receta que vio por la tele y que quiere que la mamá le haga.
Eso porque era solamente un niño.
De haber sido un poeta, no pocos habrían celebrado su gran ingeniosidad, el juego de palabras inédito, el concepto del tiempo que se podía encontrar no solo en frase tan célebre, sino en toda su obra anterior; y habría, incluso, quienes escribirían tomos enteros de ensayos y lo calificarían de poeta inmortal y de gloria imperecedera de la cultura del país.

What can I hold you with?

¿Con qué te puedo retener?
Te dejo las magras calles, los atardeceres desesperados, la luna de los ásperos suburbios.
Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largamente la luna solitaria.
Te ofrezco a mis ancestros, a mis muertos, los fantasmas que otros hombres vivos honraron en mármol: el padre de mi padre asesinado en la frontera de Buenos Aires, dos balas atravesando sus pulmones, barbado y muerto, envuelto por sus soldados en un cuero de vaca; el abuelo de mi madre –con sólo veinticuatro años- dirigiendo una carga de trescientos hombres en el Perú, ahora todos ellos fantasmas sobre borrosos caballos.
Te ofrezco cualquier cosa que en mis libros se pueda guardar, cualquier acto de valentía o alegría de mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.
Te ofrezco esa esencia de mí mismo que, de alguna forma, he salvado –esa que no comercia con palabras, ni trafica con sueños, y que permanece intacta ante el tiempo, las alegrías, las adversidades.
Te ofrezco el recuerdo de una rosa amarilla vista en un atardecer, años antes de que tú hubieras nacido.
Te ofrezco explicaciones sobre ti, teorías sobre ti, auténticas y sorprendentes noticias de sobre ti.
Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón; estoy tratando de sobornarte con incertidumbres, con peligros, con derrotas.

Jorge Luis Borges
¿Con qué te puedo retener?

La traducción es mía. En la primera edición de Casa de las Américas de las “Obras escogidas” de Jorge Luis Borges, aparece una traducción de Roberto Fernández Retamar. En ella incurre en errores como cambiar el mármol por el bronce, además de algunas frases traducidas al pie de la letra de forma infame, como aquella de “ese corazón central…”. Lo cual no significa que la mía sea una belleza, ni que no abunden los puntos de coincidencia entre ambas.

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