Ars culinaria

No se pudo determinar si era una sopa o un ajiaco. En el pozuelo, cuando con la cuchara se removía el líquido espeso, se podían encontrar indistintamente spaguettis, trozos de papa, chícharos náufragos y algún que otro pedacito de carne de origen desconocido. Eso sí, estaba caliente. De haber estado frío hubiese sido otra cosa.
Nadie se aventuró a darle nombre; todos pensaron que el cocinero, artífice de aquella novedad culinaria, debía guardar para sí el nombre y la fórmula secreta del plato que les había sido presentado como “la especialidad de la casa”. Al terminar el banquete, los convidados corrieron hacia la cocina, sacaron en brazos al cocinero, un señor gordo y sudoroso, y entre aplausos y agasajos lo nombraron Gran Innovador y Racionalizador, y Cheff Vitalicio para todas las actividades oficiales del lugar. Y alguno que otro, emocionado, le pidió por lo bajo la receta, para repetirla en casa cuando la suegra estuviera de visita.

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