Raimundo Kahn

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Durante los últimos años había visto cómo todos sus amigos se iban del país. Uno a uno, y por distintas razones –un doctorado en México, una novia en el lejano Ecuador, un viaje de visita a Guatemala (¿a buscar qué a Guatemala?, había pensado Raimundo), una beca para estudiar música en Brasil, como si no sobraran escuelas de música en La Habana; un viaje de trabajo a España, otro doctorado, esta vez en Alemania-, todos habían tomado su propio rumbo y lo habían dejado más solo que antes. Eso por no contar algunos intentos fallidos, como el de aquella amiga que había estado empatada con un francés y a quien supuso con un pie en el avión y el otro en París, y después, por alguna razón que nunca llegó a saber, todo se vino abajo; y a algunos otros que sospechaba se habían anotado en el bombo y que un buen día se aparecerían con el pasaporte rumbo a los Estados Unidos en la mano. Lo más curioso, pensaba Raimundo, era que todos aquellos que se habían marchado, no importaba a dónde ni por qué razones, más tarde o más temprano habían ido a parar a Miami.
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Quizás por seguir la moda, o porque se sentía demasiado solo, Raimundo había decidido irse él también para Miami. Eso sí, se iba a ir directamente, sin dar rodeos ni pasar por terceros o cuartos países, pues resultaba demasiado engorroso y no tenía demasiado dinero para invertirlo en esa empresa, y no quería andar pidiéndole a todos aquellos amigos, cada vez más distantes: cuando estuviera allá ya los tendría que molestar hasta que lograra acomodarse.
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1 comentario

  1. Cristina dijo:

    Junio 27, 2008 a 8:32 am

    Raimundo?


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