He descubierto que los excesos pueden resultar tan peligrosos como las carencias.
Las palabras se me han gastado. De repetirlas tantas veces, de usarlas en tanta frase torpe, en tanto intento vano, las palabras han dejado de ser lo que eran antes. Y se han gastado también las palabras que no dije, las que callé a propósito; y se han gastado las palabras que alguna vez soñé decir.
Mi silencio no es ya el silencio de quien se reserva para una ocasión mejor. Ahora no encuentro las palabras. Todas se han ido. Y no tengo con qué decir.
18 de noviembre de 2008
