El día que olvidé que Campos era Campos

Sí, el día que entramos al pre lo primero que encontramos fue un vida interna nuevo, acabado de estrenar, recién sacado del naylon. De los alumnos más viejos escuchamos los cuentos del vida interna anterior, un tal Bringas, quien en el verano anterior había encontrado a su mujer con otro y, en lugar de botar el sofá, había decidido acabar con la esposa infiel y no sé si  con su amante también. Y después se había suicidado. Así de sencillo.
Campos era un tipo chiquitico, y por su aspecto no creo que hubiera infundido temor a nadie. No obstante, cuando se paseaba por el medio del pasillo central, todo el mundo se quedaba quieto, como si estuviésemos en una de esas películas del oeste y por la calle estuviera pasando el sheriff, presto a sacar la pistola y disparar si te pasabas de la raya. Bien visto, era algo así: Campos el sheriff, nosotros los habitantes del pueblo a quienes había que mantener a raya.
Para contribuir con este ambiente estaba el director de la escuela. Era un tipo grande que casi nunca se dejaba ver, y a quien, por la cadencia de su andar pesado, todos llamaban el Cowboy, o más sencillamente, el Boy. Así, en el reparto de la película bien podía ser el alcalde del pueblo, que mandaba por delante a su sheriff a imponer el orden mientras él se encerraba tranquilamente en su despacho a esperar que todo se resolviera.
Personalmente Campos no me preocupaba demasiado; creo que me acostumbré bastante rápido a la disciplina del pre. Eso sí, como no tenía intenciones de ir frecuentemente al campo, a dar guataca y machete en el huerto de Maido o a recoger boniatos en las cooperativas cercanas, no tardé en tratar de entrar en la preselección de computación, donde pensaba que podía tener algún chance (también aprobé para entrar en la de matemáticas, y fui al primer encuentro con el profesor Otto, después de lo cual me di cuenta de que eso no era para mi, y de que no iba a durar un día más allí).
Un viernes, día de pase, estaba en la cátedra de computación hablando con el viejo Bittencourt. Bittencourt se había quedado esa noche de guardia, única razón por la cual estaba allí ese día en el que no había clases y todo el mundo se iba para sus casas a media mañana. Abajo, en el área de formación, ya la gente se formaba con sus maletines y bolsos, para salir en las guaguas. Yo todavía tenía que recoger mis bultos antes que cerraran el albergue, cuando Bittencourt me dice: Busca a Campos y dale estas llaves. No tenía idea de dónde eran las llaves, ni me interesaba. Bajé corriendo al pasillo central, apurado por cumplir el encargo y subir de nuevo al tercer piso donde estaba el albergue.
Allí encontré a Campos , delante del comedor, y todavía sofocado le dije:
-Profe, el Viejo le manda estas llaves.
Campos ni se dignó a coger las llaves. Solamente me miró de arriba a abajo, con su cara seria. Creo que llevaba puesto el pulóver de la recreación, pero estaba justificado: mi grupo había estado limpiando los pasillos por la mañana.
-¿Cómo dice?
-Que el Viejo le manda estas llaves, le repetí.
-¿Quién?
Cómo que quién, pensé. A estas alturas, yo solo llevaba un par de meses en la escuela y ya sabía que el Viejo era Bittencourt. ¿Cómo Campos, que llevaba unos cuántos años allí, no lo iba a saber? Bueno, en fin, quizá no lo sabía, así que quise rectificar.
-El Uruguayo, que le manda estas llaves, le dije seguro de que ahora sí iba a saber quién era. Todo el mundo sabía que Bittencourt era uruguayo, y que iba a todos lados con su pipa, su paquete de mate y su termo con agua caliente. Pero Campos, al parecer, no caía, porque volvió a abrir los ojos y me dijo:
-¿Quién?
En ese momento el que caí fui yo. Había metido la pata hasta el fondo y cada vez que hablaba caía más hondo. Traté de rectificar:
-El profesor Daniel de Bittencourt le manda estas llaves.
Al parecer esa era la respuesta adecuada, porque Campos en esta ocasión sí tomó las llaves, sin dejar de mirarme con cara seria. Yo, cumplido el encargo, y antes de que la situación tuviera mayores consecuencias, me alejé por el pasillo.
Estoy comiendo mierda, nada más a mí se me ocurre hacer esto el día del pase, pensé al tiempo que subía las escaleras del dormitorio.

1 comentario

  1. leoasi dijo:

    Octubre 1, 2009 a 9:47 pm

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