Acerca de la filosofía

-Tengo que ir a la filosofía.
-¿Adónde?
-A La Filosofía.
-¡No me digas!
-¿Y por qué no te lo voy a decir?
La filosofía, desde Sócrates, sirve para cubrir la ignorancia con la pátina del pensamiento. Ha habido toda clase de filosofía: aristotélica, platónica, neoplatónica, escolástica, clásica. Pero en La Habana ha llegado al colmo: la filosofía es una tienda de ropa (…)

Guillermo Cabrera Infante
“La ninfa inconstante”

El arte de escribir novelas

(…)
Por otro lado, está la concepción del diálogo en John Dos Pasos, que yo creo que mame cuando era niño y que nunca me la he podido quitar de encima. Es la idea de que los diálogos no son funcionales y no sirven para hacer avanzar la novela sino para contar a los personajes. También eso esta ahí y Dos Pasos es tan importante como la defensa de las banderas de Guillermo Prieto, Riva Palacio, Altamirano, Ramírez. Odio los diálogos funcionales cargados de información: No hay nada que me moleste más que alguien entre en una novela y diga: “pasaste a las tres a ver a no sé quien, porque tenías que hacer esto y lo otro”, además nadie habla así en la vida, nadie habla para que la vida avance anecdóticamente, chingá.

(…)
Desde que escribí mi primera novela, me juré que siempre entraría un vendedor de lotería a vender un vigésimo en el momento más inoportuno, cuando nada tenía que hacer ahí, cuando estorbaba al avance de la novela, que esta vida rara incursionaría en la literatura de tal manera que le estorbara. Siempre hay alguien estorbándole a la novela porque la vida es así, está llena de cuates que te hablan por teléfono cuando no debieran. La llamada telefónica inoportuna es la esencia de la vida. Es la prueba de nuestra incapacidad de avanzar en línea recta.

Entrevista a Paco Ignacio Taibo II

El otro

Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?
¿quién se murió por mí en la ergástula,
quién recibió la bala mía,
la para mí, en su corazón?
¿sobre qué muerto estoy yo vivo,
sus huesos quedando en los míos,
los ojos que le arrancaron, viendo
por la mirada de mi cara,
y la mano que no es su mano,
que no es ya tampoco la mía,
escribiendo palabras rotas
donde él no está, en la sobrevida?

Roberto Fernández Retamar
El otro

What can I hold you with?

¿Con qué te puedo retener?
Te dejo las magras calles, los atardeceres desesperados, la luna de los ásperos suburbios.
Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largamente la luna solitaria.
Te ofrezco a mis ancestros, a mis muertos, los fantasmas que otros hombres vivos honraron en mármol: el padre de mi padre asesinado en la frontera de Buenos Aires, dos balas atravesando sus pulmones, barbado y muerto, envuelto por sus soldados en un cuero de vaca; el abuelo de mi madre –con sólo veinticuatro años- dirigiendo una carga de trescientos hombres en el Perú, ahora todos ellos fantasmas sobre borrosos caballos.
Te ofrezco cualquier cosa que en mis libros se pueda guardar, cualquier acto de valentía o alegría de mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.
Te ofrezco esa esencia de mí mismo que, de alguna forma, he salvado –esa que no comercia con palabras, ni trafica con sueños, y que permanece intacta ante el tiempo, las alegrías, las adversidades.
Te ofrezco el recuerdo de una rosa amarilla vista en un atardecer, años antes de que tú hubieras nacido.
Te ofrezco explicaciones sobre ti, teorías sobre ti, auténticas y sorprendentes noticias de sobre ti.
Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón; estoy tratando de sobornarte con incertidumbres, con peligros, con derrotas.

Jorge Luis Borges
¿Con qué te puedo retener?

La traducción es mía. En la primera edición de Casa de las Américas de las “Obras escogidas” de Jorge Luis Borges, aparece una traducción de Roberto Fernández Retamar. En ella incurre en errores como cambiar el mármol por el bronce, además de algunas frases traducidas al pie de la letra de forma infame, como aquella de “ese corazón central…”. Lo cual no significa que la mía sea una belleza, ni que no abunden los puntos de coincidencia entre ambas.

Un poema de Dulce María

La criatura de isla paréceme,
no sé por qué, una criatura distinta.
Más leve, más sutil, más sensitiva.
Si es flor, no la sujeta la raíz;
si es pájaro, su cuerpo deja un hueco en el viento;
si es niño, juega a veces con un petrel, con una nube…
La criatura de isla trasciende siempre al mar que la rodea
y al que no la rodea.
Va al mar, viene del mar
y mares pequeñitos se amansan en su pecho,
duermen a su calor como palomas.
Los ríos de la isla son más ligeros que los otros ríos.
Las piedras de la isla parece que van a salir volando…
Ella es toda de aire y de agua fina.
Un recuerdo de sal, de horizontes perdidos,
la traspasa en cada ola,
y una espuma de barco naufragado le ciñe la cintura,
le estremece la yema de las alas…
Tierra Firme llamaban los antiguos a todo lo que no fuera isla. La isla es, pues, lo menos firme, lo menos tierra de la Tierra.

Dulce María Loynaz
Poema CI (Poemas sin Nombre)

Una de Bukowski

He encontrado en el blog Sotavento (sólo porque se puede) un poema de Charles Bukowski que reproduzco acá. La imagen la he tomado del blog Sotavento, y la traducción al español es mía (para no perder la costumbre).

Charles Bukowski

las chicas de la secundaria

las chicas acostumbraban a decirme: “¡eres tan
negativo!”
lo decían de una forma definitiva y
esto parecía
satisfacerlas.
(los chicos no me decían nada porque
sabían que se los podía
devolver.)
pero las chicas eran muy superiores
diciendo, “¡eres tan
negativo!”
esto las hacía sentirse intelectuales, o,
al menos, inteligentes.
ya se habían formado sus ideas
acerca de qué era la vida
y de qué debería ser la vida
y de cómo uno debería actuar
bajo esas
condiciones.

esto me venía bien, yo no quería estar
cerca de ellas, no quería tirármelas ni
casarme con ellas ni
mucho menos tener una cita con ellas.
ninguna de ellas me parecía
hermosa.

ahora, más de 45 años después
me he dado cuenta de que casi todo el mundo es
negativo
y yo soy positivo
y todavía estoy contento de no haberme tirado, ni casado o
tenido una cita con alguna de aquellas.
ellas, y todos los de su generación, se han
convertido por mucho en gente
triste, irritada y
psicótica.

supongo que ellos comenzaron siendo
positivos
tan temprano
que lo gastaron por
completo
y este es el fin de su
historia.

Recurrencias

S�sifo

Había perdido totalmente la fe. De cierta manera trataba de mantener sus posiciones, aunque cada vez creía menos en ellas, ni las consideraba sostenibles. Ya había pensado en más de una ocasión en escapar, en dejarlo todo a un lado y comenzar de nuevo. Pero al mismo tiempo temía que ese nuevo comienzo fuera a tener el mismo final que el de ahora. Se daba cuenta de cierta tendencia circular o recurrente de los sucesos de su vida. Si no tenemos en cuenta ese detalle, podemos ver la vida de forma optimista y creer que un nuevo comienzo nos va a deparar una suerte diferente. Para él era todo lo contrario: un nuevo comienzo sólo podía significar una vuelta a la misma situación después de cierto tiempo, quizás meses, quizás años. Pensaba entonces que no tenía sentido volver a comenzar de nuevo, si de todas formas, por más empeño que pusiera en cambiar el destino, todo iba a resultar igual, Sísifo. Debía asumir la situación actual hasta sus últimas consecuencias, pensó…
Escribir tampoco era una solución…

El hombre extraño

Esta es la versión original -y con la (mala) puntuación original- de “El hombre extraño”, cuento que ganó hace algunos años el primer premio en el concurso de cuentos cortos El Dinosaurio. Es mi primer -y único- cuento publicado en soporte tradicional: una antología que se publicó a raiz del concurso, un tabloide (mi agradecimiento al chino Heras por haberme incluido); además de encontrarlo hace poco en el nuevo sitio web del Centro Onelio, junto al resto de los cuentos premiados en las distintas versiones del concurso.

El cuento está escrito en torno a una frase que aparece a la mitad: “no se puede vivir aquí [en Cuba] sin cometer alguna ilegalidad”. Decir esto en el año 2002 me parecía una audacia. En estos momentos creo que ya se han dicho cosas más fuertes, y nadie ha perdido el sueño por ello.

te me acercas como siempre, Atilio San Juan, y me dices Señor capitán, hemos detenido a este hombre. ¿Acusado de qué? Acusado, señor, por sus vecinos. Dicen que lo encuentran sospechoso, señor. ¿Dónde están las pruebas, Atilio? Hasta ahora no hay pruebas, pero las habrá, ya aparecerá el delito, solamente tenemos que interrogarlo y él mismo lo dirá. Déjelo libre, Atilio, quiero decirte, pero me quedo a mitad de la frase. Es cierto que no puedo detener a alguien sin pruebas de que existe un delito, pero este hombre, tal y como dices, tiene un aspecto extraño. Puede ser que tenga usted razón, Atilio, este hombre debe esconder algo; además, su mirada no es normal, mira de frente, parece muy seguro de sí cuando, frente a un policía, cualquier hombre siente miedo. ¿Qué hacemos, señor? Déjeme a solas con él, Atilio. A ver, dígame su nombre. Pérez, señor, mi nombre es Pérez. Confiese, señor Pérez, ya lo sabemos todo: sabemos quién es usted, quiénes son sus amigos y las actividades que realiza. No tengo amigos, señor; no realizo esas actividades que usted piensa. ¿Cómo sabe lo que yo estoy pensando? ¿A qué se dedica usted, señor Pérez? Trabajo en un bar, señor. ¿Y dice usted que no tiene amigos, aun trabajando en un bar? Conozco a muchas personas que pasan por el bar, pero ninguno de ellos es mi amigo. Digamos entonces que son sus cómplices, ¿o es que lo hace solo? Vivo solo, señor, pero no se de qué usted me habla. De sus actividades ilegales, señor Pérez. Es imposible vivir aquí y no cometer alguna ilegalidad, y cuando sus vecinos lo acusan por algo grave es. Señor, no soy un ladrón… nunca le he robado a nadie, ni siquiera le echo agua al ron, ni saco cigarros de las cajas… ¿Y qué más, señor Pérez? No se vende más nada en el bar, señor. ¿De qué vive usted entonces? De mi sueldo, señor, doscientos treinta pesos y centavos al mes. Usted es un mentiroso, señor Pérez. Le aconsejo que diga la verdad y así el castigo será menor. ¿Por qué usted me llama mentiroso, señor? ¿Por qué lo llamo mentiroso..? usted mismo debería saberlo. Por fin, ¿va a confesar o no? No tengo nada que confesar, señor, le digo que soy inocente… Esto es el colmo. ¡Atilio San Juan!, venga aquí. Meta a este hombre en prisión, incomunicado, hasta que confiese. Pero, señor, qué… ¡A la orden, señor! Tenía usted razón, Atilio San Juan, este hombre es un mentiroso, un farsante, pero ya tendrá tiempo de reflexionar en la soledad de la celda; te lo llevas, Atilio San Juan, veo cómo el hombre se deja conducir a duras penas, y parece asombrado, como si no esperara esto; es lo normal, todos piensan que negando la verdad pueden engañar a la policía. Lo más curioso es que ya no me parece tan extraño, en el fondo se va pareciendo a todos los que están aquí, a tí mismo, Atilio San Juan, que lo empujas hacia el oscuro pasillo que conduce a los calabozos

En el cielo, con Senel Paz

Tenemos que admitir que llevaban razón aquellos santos varones [léase Luis Pavón, Papito Serguera, Quesada, et al] que, por esa misma época, insistían en la necesidad de poner mucho ojo en cuanto se escribiera, imprimiera y distribuyera en el país, ya fuera cuento, novela, obra de teatro o fragmentos de estos, y que, ante cualquier desliz como el citado [alude al capítulo 8 de Paradiso], se tratara con mano dura tanto al responsable de la escritura como a los de la edición, es decir, que todos fueran a cortar caña a los campos de Camagüey o a empaquetar libros en el trasfondo de las bibliotecas municipales [como Antón Arrufat]. Estos defensores de los valores más genuinos de la nueva sociedad, en su afán por salvaguardar a la juventud de las influencias perniciosas de las generaciones anteriores y sus congéneres extranjeros, llegaron a celebrar un congreso nacional de muy grata recordación [el I Congreso de la Eduacación y la Cultura] gracias al cual, al menos por cuatro o cinco años, lograron mantener a raya a los blandengues, los irresponsables, los intelectuales y los maricones, que todos son uno y lo mismo, pues Dios los cría y ellos se juntan contra las revoluciones.

Senel Paz
“En el cielo con diamantes”
Las acotaciones entre corchetes son mías.

Fotos








La muerte is out there

“La Muerte is out there”, reza el cartel…
La Muerte está allá afuera, en algún lugar, esperando a que la encontremos. Hay muchas formas de morir. Escojo, por ejemplo, la muerte por suicidio con arma de fuego. Un rifle encajado debajo de tu barbilla, o el cañón del mismo rifle en el cielo de la boca, o una pistola apuntando al lado de tu oreja, y de repente la nada. Escojo una muerte rápida, sin parientes y amigos que invariablemente se apiñarán al costado de tu cama a presenciar tu decadencia, que se turnarán un día sí un día no para cuidar de ti, o de lo que va quedando de ti, y que más tarde o más temprano irán comprendiendo que ya no tiene sentido; de parientes y amigos que invariablemente te mentirán a cada pregunta que hagas, que pronto vas a estar bien, que dice la doctora que debes hacer reposo, como si no supieran que, más tarde o más temprano, tú comprenderás que no hay nada que hacer, que no tiene sentido, que eres protagonista de la misma escena que tantas otras veces te ha tocado presenciar, y tendrás la certeza de que es esa escena, y no otra, la que estás viviendo. Escojo ahora, la muerte absurda. Levantarse una mañana como otra cualquiera, salir a trabajar, en tu moto, también como cada mañana, y de repente un auto se mete en tu camino y te tira hacia la otra senda, y el separador de la avenida hace que tu moto salte y caiga justo frente a una guagua que viene en dirección contraria. O de repente el auto que venía tranquilamente a tu lado en la misma avenida pierde la dirección y choca contra ti. Y entonces vas tú por el aire, no sé si en dirección a la defensa de la guagua o si al contén de la acera, y no lo sé porque realmente no importa, sólo es ese instante en el que estás volando, y apenas tienes tiempo de darte cuenta de lo que ocurre, sólo un momento, un fracción de segundo antes de que se termine el tiempo.

Alice in Wonderland

A Ivette

ALICE: Señor gato, ayúdeme…
GATO: ¿Qué te ocurre, niña?
ALICE: No sé por qué camino debo tomar.
GATO: Ah… ¿y hacia dónde quieres ir?
ALICE: Le digo que no sé. Estoy perdida, no conozco a nadie en este bosque. Incluso el conejo con smoking y trompeta y reloj despertador colgando del bolsillo al que venía siguiendo se ha logrado escabullir, y ahora no sé hacia dónde dirigirme…
GATO: Escúchame, niña, ninguna decisión en este momento es de vida o muerte. A no ser, por supuesto, que te tomes una botella de veneno, o te lances delante de un auto, o te pongas a mal con la señora reina…
ALICE: No, no pienso hacer nada de eso. Sólo dígame por dónde debo ir.
GATO: Bien, puedes ir por cualquiera de los caminos, con tal de que siguas en la misma dirección durante un tiempo, y así llegarás a algún lugar…
ALICE: (Ufff… qué gato más baboso) Adiós, señor gato, le agradezco su consejo.
GATO: Adiós, adiós, ve por la sombrita. Y si te vuelves a tropezar con ese conejo soplatubos no lo sigas, te podrías perder de nuevo… (a quién se le ocurre correr detrás de un conejo con smoking)

Final del período especial

No acabo de salir de la casa, cuando noto que en la esquina se ha levantado una algarabía. Me llego hasta allá a ver qué ocurre, y me entero de que en la radio han anunciado el final del Período Especial. Extrañamente, la gente no está alegre: unos camioneros se niegan a dar crédito a la noticia, y dicen que es imposible que el Período Especial pueda acabar de un día para otro. Junto a ellos aparecen los revendedores, los almaceneros, panaderos y bodegueros, y todos coinciden en que es una locura pretender que todo pueda terminar así como así.
Mucha gente se acerca a la discusión, y hay quienes tratan de demostrar las ventajas del fin del Período Especial. Comienzan a anticipar, por ejemplo, la caída de los precios, lo cual hace que más de uno se lleve las manos a la cabeza. De pronto, los zapateros la emprenden a botazos contra los que hablan, los carpinteros los golpean con sus martillos, los albañiles los cubren con un baño de mezcla recién acabada de hacer. Mientras los seguidores del fin del Período Especial se retiran ante el inesperado ataque, un camionero se alza sobre el capó de su camión e insta a comenzar una gran marcha por toda la ciudad, protestando contra tan cruel medida.
Los administradores y los gerentes de las empresas ven la marcha pasar frente a sus establecimientos. Muchos comienzan a sacar cuentas, y al no darles, deciden suspender el trabajo y sumarse a la manifestación. Los protestantes comienzan a llenar las calles principales de la ciudad. La policía, a tiempo advertida, se disfraza adecuadamente y se infiltra entre los manifestantes, a los que trata de dispersar usando métodos poco convencionales. Sin embargo, el hecho de estar disfrazados los confunde con el resto de las personas. Pronto los palos y las cabillas caen al suelo, y los policías terminan dejándose llevar por la multitud. A estas alturas la marcha ya ha paralizado toda la ciudad y se dirige a la sede del Gobierno, para reclamar la continuación del Período Especial.
Al fin, los gobernantes y sus asesores salen de la sala de reuniones, observan al pueblo agitado bajo las banderas y pancartas, coreando consignas a voz en cuello, y recuerdan que ellos están allí, precisamente, para cumplir la voluntad de las masas. Esa misma tarde la radio rectifica la noticia: el anuncio del fin del Período Especial ha sido un error, una patraña urdida por elementos al servicio del enemigo para desestabilizar a la nación, y otros argumentos más que con el tiempo he ido olvidando…

Sin título

Los temblores de la fiebre le duraron toda la noche. El escalofrió le subía por todo el cuerpo, incontenible, y ni siquiera echándose arriba todas las colchas y sábanas que encontró pudo terminar con él. Las manos le temblaban, todo el cuerpo le temblaba, y ya no sabía cómo contener aquel temblor descomunal. Pensó que no iba a llegar a la mañana siguiente, pero, extrañamente, no sentía miedo. El miedo, o la paranoia de la muerte (cuyo aliento siempre llevamos en la nuca, pensaba), sólo pertenece a los que aun ven lejana la hora de acudir a ella. Pero el viejo, que se sentía próximo a morir, sólo pensaba en encontrar una manera de terminar de una vez por todas con aquellos temblores; buscaba por todos los rincones el remedio para ese castañeo constante de los dientes, pero ni amarrándose con soga la mandíbula, ni mordiendo un trapo podía contenerse, porque el amarre de la soga a la cabeza no era lo suficientemente fuerte como para contener el incesante repiqueteo, y no quería el viejo que, por curarse de los temblores, fuera a morir ahorcado con su propio remedio (qué idea para alguien que de todas formas se sabe destinado a morir), y el trapo, si bien amortiguaba los golpes entre los dientes, no era capaz de acabar con la fuerza que provocaba los temblores, así que al final terminó el viejo escupiendo los trapos, renegando de la soga que quería llevarlo a la tumba antes que aquella fiebre de los mil demonios y, exhausto, se dedicó a recorrer toda la casa en busca de un botiquín de medicinas que ya ni siquiera recordaba en dónde había puesto la última vez que se había enfermado seriamente, muchos años antes del comienzo de esta maldita crisis (otra vez renegaba el viejo), y era como si la pobreza económica se hubiese propuesto acabar con su salud, que antes nunca cogía un catarro y desde que habían comenzado los apagones y por la televisión no cesaban de anunciar la inminencia de la hora cero (de cero comida, cero luz, cero esperanza y cero de todo lo imaginable y lo por imaginar) no había un mes en que la matunguera lo dejara libre, en que la gripe (bautizada siempre con el nombre de la mala de la telenovela de turno) no lo atrapara, en que no despertara con el temor de abrir los ojos para comprobar si por fin lo había atrapado durante el sueño esa extraña neuritis que dejaba ciegos de golpe a quienes, hasta la noche antes, nunca habían padecido de la vista; y ahora esta fiebre incontenible, como salida de las selvas africanas, que amenazaba con acabar con él. Lamentaba morir en medio de tanta miseria, nunca imaginó que fuera a morir pobre y solo, pero ya a nadie le importa que haya un viejo más o un viejo menos en esta ciudad de mierda, tan solo se preocupan por resolver sus problemas, conseguir su comida, ponerse para su negocio, que lo único que no puede hacer uno ahora es tirarse a morir, y precisamente eso era lo que iba a hacer él, viejo pendejo, se iba a morir justo cuando todos trataban de no morirse.Por suerte el botiquín apareció, y apareció en él un paquete de duralginas amarillas, guardadas desde alguna época lejana que ni siquiera se preocupó de recordar, como tampoco se preocupó por verificar la fecha de vencimiento, que ya debía haber pasado hacía muchísimo tiempo, porque las manos casi no le respondían y necesitaba abrir el paquete, sacar la cápsula salvadora, la que lo iba a rescatar de las mismísimas garras de Hades, de donde solo han podido retornar, que él recuerde, Orfeo, Ulises y el viejo fiorentino Dante Alihieri (y ahora él, duralgina mediante).

Espejo de (im)paciencia

Espejo de paciencia: augurio del futuro de la nación.
No sé por qué el primer texto de la literatura cubana se tenía que llamar, precisamente, Espejo de Paciencia. En todo caso su autor, ya sea Silvestre de Balboa o el tramposo de Domingo del Monte, miró en el cristal del adivino y resumió, en el título del poema, la esencia de la nación y de sus habitantes.

Evasiones

Colgado de un pie, haciendo un cuatro invertido, dentro de una habitación obscura y húmeda donde, fuera de su victimario no entra más nadie. Piensa en lo extrañas que resultan esas zonas vedadas al paso de los demás, donde una persona a pocos metros de otra, pero separadas por una pared, desconoce totalmente lo que ocurre del otro lado, y continúa despreocupada su camino hacia el mercado. ¿Qué harían de saber que él se encuentra así ahora? No vale la pena, no harían nada. Su victimario es buen esposo, padre de dos hijos a quienes tiene que llevar algo de comer cada noche. Por el día se dedica a romperle metódicamente las coyunturas, mientras se toma una buena jarra de cerveza con rapidez envidiable. Es un oficio, y nada más. No hay que culparlo de nada. A él tampoco hay que culparlo de nada: no es sodomita, ni luterano, y también es buen padre de familia. Sólo es un asunto de impuestos, unos pagos que no pudo realizar. Y cuando las cosas comienzan mal, terminan peor. Pues tuvo el desatino de romperle las rodillas al hideputa del recaudador, y el recaudador le rompió las rodillas a él, como era de esperar, trayendo a los guardias, confiscando sus propiedades y llevándose a su familia. No es asunto que preocupe, hay que verlo con buenos ojos. Cuando se aburran de romperle uno a uno todos los huesos lo lanzarán a los cocodrilos, pero a esas horas ya no va a importarle mucho. Eso si antes no lo acaba la fiebre, lo cual causaría gran disgusto entre sus victimarios. Después al cielo, donde dios lo está esperando con los brazos abiertos, dispuesto a perdonarle todas sus culpas.