Aladino

Apareció, como suelen aparecer, después de frotar una vieja lámpara que encontré tirada en un basurero. Era de aire, una especie de ensoñación que flotaba en medio de mi cuarto, con el pelo negro y rizado que le cubría toda la espalda. No era bella. O quizá sí lo era, pero a su manera. Sólo tienes un deseo, me dijo, pide lo que quieras y te será concedido en el acto. Quiero tus ojos verdes, alcancé a murmurar sin poder dejar de mirarla.
Al final desapareció, la nube que flotaba en mi cuarto se perdió por el fino agujero de la lámpara de aceite. Me llenó de oro las habitaciones, convirtió mi casa en un palacio con sirvientes, una piscina, y tres autos nuevos, y hasta un tenedor de bienes que debería administrar mi fortuna por los tiempos de los tiempos; todo eso a cambio de llevarse consigo sus ojos verdes.
Después de esa noche no he vuelto a dormir con tranquilidad. Por el día, me dedico a cambiar lámparas viejas por nuevas.

People always leave

La soledad en sí misma no es lo más terrible. Basta con negar a Borges y decir “si he de entrar en la soledad, pues ya estoy solo”, cerrar toda salida al mundo y quedarse escudriñando por la ventana entreabierta, tratando de tomarle el pulso a la vida que pasa allá afuera; soñar con todo lo que podría suceder en el futuro, que es la forma de vivir sin haber vivido, o de esperar la llegada del maná mientras dios se entretiene jugando a las cartas.
Lo más terrible es haberte conocido, saber que existes en algún lugar. Quiero sentarme a esperar, a ver cómo todo se pudre, pasto de la amargura y la desidia. Quiero dejar la memoria olvidada en un rincón. Cuando todos se hayan ido, no tendré con qué echarlos de menos.

El camino de Varennes

Ahí se van, sin despedirse siquiera, en el carruaje del rey, todas las ilusiones y los sueños; haciendo bulto entre los bultos, incomodando al cochero en el pescante, tratando de ganarse un espacio en el asiento junto a los monarcas, molestando al lacayo que intenta echarlos a patadas, que se bajen, que sigan a pie, que los coja la noche en medio del camino, hambrientos y llenos de polvo. Y muy a tiempo lo hacen, como si ya supieran que un poco más adelante, allá en Varennes-en-Argonne, el carruaje será detenido y los reyes devueltos a la capital. Pero ellos, más afortunados, aprovechan la confusión para seguir camino sin ser vistos y logran cruzar la frontera.
Es el fin. Nos han abandonado. Se han ido para siempre.
Y ahora, qué hacer con esta patria, tan escasa de patriotas, tan llena de exiliados…