Recurrencias

S�sifo

Había perdido totalmente la fe. De cierta manera trataba de mantener sus posiciones, aunque cada vez creía menos en ellas, ni las consideraba sostenibles. Ya había pensado en más de una ocasión en escapar, en dejarlo todo a un lado y comenzar de nuevo. Pero al mismo tiempo temía que ese nuevo comienzo fuera a tener el mismo final que el de ahora. Se daba cuenta de cierta tendencia circular o recurrente de los sucesos de su vida. Si no tenemos en cuenta ese detalle, podemos ver la vida de forma optimista y creer que un nuevo comienzo nos va a deparar una suerte diferente. Para él era todo lo contrario: un nuevo comienzo sólo podía significar una vuelta a la misma situación después de cierto tiempo, quizás meses, quizás años. Pensaba entonces que no tenía sentido volver a comenzar de nuevo, si de todas formas, por más empeño que pusiera en cambiar el destino, todo iba a resultar igual, Sísifo. Debía asumir la situación actual hasta sus últimas consecuencias, pensó…
Escribir tampoco era una solución…

El hombre extraño

Esta es la versión original -y con la (mala) puntuación original- de “El hombre extraño”, cuento que ganó hace algunos años el primer premio en el concurso de cuentos cortos El Dinosaurio. Es mi primer -y único- cuento publicado en soporte tradicional: una antología que se publicó a raiz del concurso, un tabloide (mi agradecimiento al chino Heras por haberme incluido); además de encontrarlo hace poco en el nuevo sitio web del Centro Onelio, junto al resto de los cuentos premiados en las distintas versiones del concurso.

El cuento está escrito en torno a una frase que aparece a la mitad: “no se puede vivir aquí [en Cuba] sin cometer alguna ilegalidad”. Decir esto en el año 2002 me parecía una audacia. En estos momentos creo que ya se han dicho cosas más fuertes, y nadie ha perdido el sueño por ello.

te me acercas como siempre, Atilio San Juan, y me dices Señor capitán, hemos detenido a este hombre. ¿Acusado de qué? Acusado, señor, por sus vecinos. Dicen que lo encuentran sospechoso, señor. ¿Dónde están las pruebas, Atilio? Hasta ahora no hay pruebas, pero las habrá, ya aparecerá el delito, solamente tenemos que interrogarlo y él mismo lo dirá. Déjelo libre, Atilio, quiero decirte, pero me quedo a mitad de la frase. Es cierto que no puedo detener a alguien sin pruebas de que existe un delito, pero este hombre, tal y como dices, tiene un aspecto extraño. Puede ser que tenga usted razón, Atilio, este hombre debe esconder algo; además, su mirada no es normal, mira de frente, parece muy seguro de sí cuando, frente a un policía, cualquier hombre siente miedo. ¿Qué hacemos, señor? Déjeme a solas con él, Atilio. A ver, dígame su nombre. Pérez, señor, mi nombre es Pérez. Confiese, señor Pérez, ya lo sabemos todo: sabemos quién es usted, quiénes son sus amigos y las actividades que realiza. No tengo amigos, señor; no realizo esas actividades que usted piensa. ¿Cómo sabe lo que yo estoy pensando? ¿A qué se dedica usted, señor Pérez? Trabajo en un bar, señor. ¿Y dice usted que no tiene amigos, aun trabajando en un bar? Conozco a muchas personas que pasan por el bar, pero ninguno de ellos es mi amigo. Digamos entonces que son sus cómplices, ¿o es que lo hace solo? Vivo solo, señor, pero no se de qué usted me habla. De sus actividades ilegales, señor Pérez. Es imposible vivir aquí y no cometer alguna ilegalidad, y cuando sus vecinos lo acusan por algo grave es. Señor, no soy un ladrón… nunca le he robado a nadie, ni siquiera le echo agua al ron, ni saco cigarros de las cajas… ¿Y qué más, señor Pérez? No se vende más nada en el bar, señor. ¿De qué vive usted entonces? De mi sueldo, señor, doscientos treinta pesos y centavos al mes. Usted es un mentiroso, señor Pérez. Le aconsejo que diga la verdad y así el castigo será menor. ¿Por qué usted me llama mentiroso, señor? ¿Por qué lo llamo mentiroso..? usted mismo debería saberlo. Por fin, ¿va a confesar o no? No tengo nada que confesar, señor, le digo que soy inocente… Esto es el colmo. ¡Atilio San Juan!, venga aquí. Meta a este hombre en prisión, incomunicado, hasta que confiese. Pero, señor, qué… ¡A la orden, señor! Tenía usted razón, Atilio San Juan, este hombre es un mentiroso, un farsante, pero ya tendrá tiempo de reflexionar en la soledad de la celda; te lo llevas, Atilio San Juan, veo cómo el hombre se deja conducir a duras penas, y parece asombrado, como si no esperara esto; es lo normal, todos piensan que negando la verdad pueden engañar a la policía. Lo más curioso es que ya no me parece tan extraño, en el fondo se va pareciendo a todos los que están aquí, a tí mismo, Atilio San Juan, que lo empujas hacia el oscuro pasillo que conduce a los calabozos

En el cielo, con Senel Paz

Tenemos que admitir que llevaban razón aquellos santos varones [léase Luis Pavón, Papito Serguera, Quesada, et al] que, por esa misma época, insistían en la necesidad de poner mucho ojo en cuanto se escribiera, imprimiera y distribuyera en el país, ya fuera cuento, novela, obra de teatro o fragmentos de estos, y que, ante cualquier desliz como el citado [alude al capítulo 8 de Paradiso], se tratara con mano dura tanto al responsable de la escritura como a los de la edición, es decir, que todos fueran a cortar caña a los campos de Camagüey o a empaquetar libros en el trasfondo de las bibliotecas municipales [como Antón Arrufat]. Estos defensores de los valores más genuinos de la nueva sociedad, en su afán por salvaguardar a la juventud de las influencias perniciosas de las generaciones anteriores y sus congéneres extranjeros, llegaron a celebrar un congreso nacional de muy grata recordación [el I Congreso de la Eduacación y la Cultura] gracias al cual, al menos por cuatro o cinco años, lograron mantener a raya a los blandengues, los irresponsables, los intelectuales y los maricones, que todos son uno y lo mismo, pues Dios los cría y ellos se juntan contra las revoluciones.

Senel Paz
“En el cielo con diamantes”
Las acotaciones entre corchetes son mías.