Raimundo Kahn

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Durante los últimos años había visto cómo todos sus amigos se iban del país. Uno a uno, y por distintas razones –un doctorado en México, una novia en el lejano Ecuador, un viaje de visita a Guatemala (¿a buscar qué a Guatemala?, había pensado Raimundo), una beca para estudiar música en Brasil, como si no sobraran escuelas de música en La Habana; un viaje de trabajo a España, otro doctorado, esta vez en Alemania-, todos habían tomado su propio rumbo y lo habían dejado más solo que antes. Eso por no contar algunos intentos fallidos, como el de aquella amiga que había estado empatada con un francés y a quien supuso con un pie en el avión y el otro en París, y después, por alguna razón que nunca llegó a saber, todo se vino abajo; y a algunos otros que sospechaba se habían anotado en el bombo y que un buen día se aparecerían con el pasaporte rumbo a los Estados Unidos en la mano. Lo más curioso, pensaba Raimundo, era que todos aquellos que se habían marchado, no importaba a dónde ni por qué razones, más tarde o más temprano habían ido a parar a Miami.
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Quizás por seguir la moda, o porque se sentía demasiado solo, Raimundo había decidido irse él también para Miami. Eso sí, se iba a ir directamente, sin dar rodeos ni pasar por terceros o cuartos países, pues resultaba demasiado engorroso y no tenía demasiado dinero para invertirlo en esa empresa, y no quería andar pidiéndole a todos aquellos amigos, cada vez más distantes: cuando estuviera allá ya los tendría que molestar hasta que lograra acomodarse.
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Las palabras de los poetas

-¿Mañana fue miércoles?- le pregunta el niño a la madre. Y la madre le responde, bajito, al oído, como para no molestar a los que van con ella en la guagua, que no se dice “mañana fue miércoles”, y le explica que ayer fue miércoles y que mañana será viernes, hasta que el niño, conforme, se pone a explicarle una receta que vio por la tele y que quiere que la mamá le haga.
Eso porque era solamente un niño.
De haber sido un poeta, no pocos habrían celebrado su gran ingeniosidad, el juego de palabras inédito, el concepto del tiempo que se podía encontrar no solo en frase tan célebre, sino en toda su obra anterior; y habría, incluso, quienes escribirían tomos enteros de ensayos y lo calificarían de poeta inmortal y de gloria imperecedera de la cultura del país.

What can I hold you with?

¿Con qué te puedo retener?
Te dejo las magras calles, los atardeceres desesperados, la luna de los ásperos suburbios.
Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largamente la luna solitaria.
Te ofrezco a mis ancestros, a mis muertos, los fantasmas que otros hombres vivos honraron en mármol: el padre de mi padre asesinado en la frontera de Buenos Aires, dos balas atravesando sus pulmones, barbado y muerto, envuelto por sus soldados en un cuero de vaca; el abuelo de mi madre –con sólo veinticuatro años- dirigiendo una carga de trescientos hombres en el Perú, ahora todos ellos fantasmas sobre borrosos caballos.
Te ofrezco cualquier cosa que en mis libros se pueda guardar, cualquier acto de valentía o alegría de mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.
Te ofrezco esa esencia de mí mismo que, de alguna forma, he salvado –esa que no comercia con palabras, ni trafica con sueños, y que permanece intacta ante el tiempo, las alegrías, las adversidades.
Te ofrezco el recuerdo de una rosa amarilla vista en un atardecer, años antes de que tú hubieras nacido.
Te ofrezco explicaciones sobre ti, teorías sobre ti, auténticas y sorprendentes noticias de sobre ti.
Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón; estoy tratando de sobornarte con incertidumbres, con peligros, con derrotas.

Jorge Luis Borges
¿Con qué te puedo retener?

La traducción es mía. En la primera edición de Casa de las Américas de las “Obras escogidas” de Jorge Luis Borges, aparece una traducción de Roberto Fernández Retamar. En ella incurre en errores como cambiar el mármol por el bronce, además de algunas frases traducidas al pie de la letra de forma infame, como aquella de “ese corazón central…”. Lo cual no significa que la mía sea una belleza, ni que no abunden los puntos de coincidencia entre ambas.

Un poema de Dulce María

La criatura de isla paréceme,
no sé por qué, una criatura distinta.
Más leve, más sutil, más sensitiva.
Si es flor, no la sujeta la raíz;
si es pájaro, su cuerpo deja un hueco en el viento;
si es niño, juega a veces con un petrel, con una nube…
La criatura de isla trasciende siempre al mar que la rodea
y al que no la rodea.
Va al mar, viene del mar
y mares pequeñitos se amansan en su pecho,
duermen a su calor como palomas.
Los ríos de la isla son más ligeros que los otros ríos.
Las piedras de la isla parece que van a salir volando…
Ella es toda de aire y de agua fina.
Un recuerdo de sal, de horizontes perdidos,
la traspasa en cada ola,
y una espuma de barco naufragado le ciñe la cintura,
le estremece la yema de las alas…
Tierra Firme llamaban los antiguos a todo lo que no fuera isla. La isla es, pues, lo menos firme, lo menos tierra de la Tierra.

Dulce María Loynaz
Poema CI (Poemas sin Nombre)