Intermezzo

…y a uno le da por preguntarse qué ha hecho en todos estos años, y si han servido para algo, y se pone a sacar cuentas del tiempo perdido, y entonces cae en una de las tantas disquisiciones existenciales que sólo sirven para amargarle el día… ¡maldita manía de pensar!

Anuncios

Aquiles y la tortuga

Por mucho que Zenón se empeñó en explicarle a Aquiles las reglas del juego, este no llegó a comprender que, en lugar de pasarle por el lado a la tortuga y ganar fácilmente la carrera, debía ir tan despacio como pudiera, de forma tal que, por mucho que se acercara a ella, nunca lograra alcanzarla.
A la hora de la verdad, Aquiles corrió tan rápido como pudo y llegó a la meta en pocos segundos, para admiración de sus seguidores. La tortuga no tuvo otro remedio que retirarse de la competencia cuando comprendió que no tenía sentido seguir, y avergonzada metió la cabeza dentro del carapacho.
-¡Qué mierda de carrera! -comentó Zenón desde la tribuna, mientras pagaba el dinero perdido en las apuestas. -Estos malditos militares nunca llegarán a comprender lo que dice un intelectual.

Cartago

Llegará el día en que finalmente caigan los muros. La ciudad dejará de resistir, vencida por el cansancio, por el hambre y el tedio. De nada valdrán los viejos discursos, las consignas repetidas hasta el hartazgo, el saber que la patria le reserva un lugar especial a los héroes, a los que resisten y mueren por ella.
¿De qué servirá la sangre derramada si la ciudad desaparece, destruida hasta los cimientos y consumida por el fuego; si los sobrevivientes desaparecen también, desperdigados por el mundo, vendidos como esclavos en países lejanos?
¿Qué será de nuestros padres, demasiado viejos para pelear o para huir; qué dirán nuestros hijos, siempre dados a cuestionar nuestras decisiones, por no haber elegido el camino del exilio?
¿Quién conservará nuestras imágenes, nuestros libros, la sagrada memoria de nuestros ancestros?
¿Quién quedará para dar fe de nosotros, ahora que los vencedores se aprestan a rescribir nuestra historia?

Virtuoso

Libre de mí voy muriendo en todos. Dejándome morir en todos para no vivir en mí; quiero morir la muerte de otros, salir a vestir mi sed de palabra, de ataúdes, de rosas blancas.
Todo para ver la luz que me ha sido negada por los aplausos, la suerte infatua del nunca pierde, la creencia absurda de que mi camino es una senda de virtudes.

Yanet Jiménez Rojas