En los 70 de Eduardo Heras León


1. Un niño descubre su primer libro de cuentos, sin saber aun que era un libro de cuentos y no una novela, como aquellas de Julio Verne que acostumbraba a leer. Lo descubre porque su padre ha comentado delante de él, con el orgullo propio del provinciano, que la familia del escritor vive muy cerca de casa, y el niño hasta llega a pensar que el escritor está ahí, al alcance de la mano, pero enseguida le es aclarado que no es así; y también ha comentado la madre, con cierto aire rebelde, que el libro en cuestión no había sido del agrado de ciertos señores que deseaban que todas las obras literarias, las habidas y las por haber, fueran compuestas según estricto canon, y no como al autor de las mismas pluguiere, y que esto le había traído al escritor del libro no pocos sinsabores.

2. El niño, violando las indicaciones de no leer los libros para adultos antes de convertirse en adulto, espera el momento propicio para entrar en la biblioteca y tomar del armario el libro aludido, y lee a escondidas la historias allí contadas, como la de un gordo que juraba haber recorrido los cuarenta y dos kilómetros de una caminata sin que sus compañeros le creyeran, y la del capitán que era tenido por cobarde por sus soldados, y aquella otra historia contada tres veces desde tres puntos de vista diferentes, recurso ya empleado antes por Akutagawa, como sabría muchos años después; y así descubre el niño que acaba de leer por primera vez un libro de cuentos, como anteriormente referimos.

3. El niño duerme, y mientras duerme sueña con el libro, y con los cuentos, y sueña que él es también un escritor como el hombre que escribió el libro, o quizá tan solo un aprendiz que intenta iniciarse en el arte de la escritura; y sueña que llega por primera vez a cierto lugar dedicado a la enseñazas de las dichas artes, y que entrando al lugar, aun indeciso de si debía seguir adelante o echarse a correr, se encuentra precisamente con el hombre que escribió el libro, que a la postre oficiaba como director de aquel lugar, él caminando en una dirección y el hombre en la dirección opuesta, y en ese instante, al saberse frente a frente con él, el aprendiz comienza a preguntarse qué debería decirle, cómo debería saludar al escritor ahora que invitablemente van a cruzarse, tal vez lanzarse de rodillas, como correspondería que en tales casos haga un aprendiz frente al maestro; y cuál es su sorpresa cuando el escritor, aun sin saber quién era el aprendiz ni a qué venía, no duda en saludarlo, en ofrecerle la mano, en indicarle que siga adelante, que ya faltan unos pocos minutos para comenzar; y lo trata, es lo que más le sorprende, no desde la altura con que un maestro puede tratar a uno de sus aprendices, sino como a un igual.

4. El niño finalmente despierta, y ya no es un aprendiz de escritor, ni acaba de conocer al hombre que escribió el primer libro de cuentos que recuerda haber leído; no le ha dado la mano, no ha hablado con él, ni ha asistido a sus conferencias, ni se ha sacado una foto el último día del curso junto a él; y entonces el niño se da cuenta de que todo aquello no podría ocurrir fuera de su sueño, porque los escritores reales, supone, deben ser seres alados y no gente de este mundo.

Guanajay, julio 30 de 2010.

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3 comentarios

  1. rosakiel said,

    agosto 25, 2010 a 6:40 am

    😀 Qué bueno que has vuelto!

  2. enero 18, 2013 a 3:28 pm

    Definitivamente… sí!! los escritores reales no pertenecen a este mundo..

  3. Adriana said,

    enero 31, 2013 a 9:28 am

    Hi! I wonder how I contact the blog owner! Thanks 🙂


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