El lugar del intelectual

Guillermo Rodriguez Rivera

He visto día tras día a Guillermo Rodríguez Rivera, con su cabellera blanca y su andar pesado de paquidermo viejo, haciendo la cola del comedor universitario José Machado; y después, con la cuchara de calamina en una mano y la bandeja en la otra, ir a sentarse él solo a una mesa a comer el nada apetecible almuerzo: el arroz, los garbanzos, el picadillo de soja extendido con col, el pan soporífero que cae en el estómago como una piedra y que convierte al hecho de subir la loma de regreso a la Universidad en una caminata lúgubre bajo el sol.
No se si admirarme, o si sentir lástima por el viejo profesor y poeta que va al mismo comedor de todos, lleno de tías gritonas, de cocineros ladrones y alumnos irreverentes. Quizás muchos de ellos pasen por su lado sin conocerlo, tropiecen con él, que es torpe al andar, le dirijan alguna palabrota por estar metido en el medio. Quizás alguno lo reconozca, como yo, y se pregunte qué hace en ese comedor de los mil demonios un escritor reconocido como él.
He llegado a pensar que tal vez la gloria de un intelectual no sea mayor que la de un albañil, un plomero, un matarife.

Recurrencias

S�sifo

Había perdido totalmente la fe. De cierta manera trataba de mantener sus posiciones, aunque cada vez creía menos en ellas, ni las consideraba sostenibles. Ya había pensado en más de una ocasión en escapar, en dejarlo todo a un lado y comenzar de nuevo. Pero al mismo tiempo temía que ese nuevo comienzo fuera a tener el mismo final que el de ahora. Se daba cuenta de cierta tendencia circular o recurrente de los sucesos de su vida. Si no tenemos en cuenta ese detalle, podemos ver la vida de forma optimista y creer que un nuevo comienzo nos va a deparar una suerte diferente. Para él era todo lo contrario: un nuevo comienzo sólo podía significar una vuelta a la misma situación después de cierto tiempo, quizás meses, quizás años. Pensaba entonces que no tenía sentido volver a comenzar de nuevo, si de todas formas, por más empeño que pusiera en cambiar el destino, todo iba a resultar igual, Sísifo. Debía asumir la situación actual hasta sus últimas consecuencias, pensó…
Escribir tampoco era una solución…

El hombre extraño

Esta es la versión original -y con la (mala) puntuación original- de “El hombre extraño”, cuento que ganó hace algunos años el primer premio en el concurso de cuentos cortos El Dinosaurio. Es mi primer -y único- cuento publicado en soporte tradicional: una antología que se publicó a raiz del concurso, un tabloide (mi agradecimiento al chino Heras por haberme incluido); además de encontrarlo hace poco en el nuevo sitio web del Centro Onelio, junto al resto de los cuentos premiados en las distintas versiones del concurso.

El cuento está escrito en torno a una frase que aparece a la mitad: “no se puede vivir aquí [en Cuba] sin cometer alguna ilegalidad”. Decir esto en el año 2002 me parecía una audacia. En estos momentos creo que ya se han dicho cosas más fuertes, y nadie ha perdido el sueño por ello.

te me acercas como siempre, Atilio San Juan, y me dices Señor capitán, hemos detenido a este hombre. ¿Acusado de qué? Acusado, señor, por sus vecinos. Dicen que lo encuentran sospechoso, señor. ¿Dónde están las pruebas, Atilio? Hasta ahora no hay pruebas, pero las habrá, ya aparecerá el delito, solamente tenemos que interrogarlo y él mismo lo dirá. Déjelo libre, Atilio, quiero decirte, pero me quedo a mitad de la frase. Es cierto que no puedo detener a alguien sin pruebas de que existe un delito, pero este hombre, tal y como dices, tiene un aspecto extraño. Puede ser que tenga usted razón, Atilio, este hombre debe esconder algo; además, su mirada no es normal, mira de frente, parece muy seguro de sí cuando, frente a un policía, cualquier hombre siente miedo. ¿Qué hacemos, señor? Déjeme a solas con él, Atilio. A ver, dígame su nombre. Pérez, señor, mi nombre es Pérez. Confiese, señor Pérez, ya lo sabemos todo: sabemos quién es usted, quiénes son sus amigos y las actividades que realiza. No tengo amigos, señor; no realizo esas actividades que usted piensa. ¿Cómo sabe lo que yo estoy pensando? ¿A qué se dedica usted, señor Pérez? Trabajo en un bar, señor. ¿Y dice usted que no tiene amigos, aun trabajando en un bar? Conozco a muchas personas que pasan por el bar, pero ninguno de ellos es mi amigo. Digamos entonces que son sus cómplices, ¿o es que lo hace solo? Vivo solo, señor, pero no se de qué usted me habla. De sus actividades ilegales, señor Pérez. Es imposible vivir aquí y no cometer alguna ilegalidad, y cuando sus vecinos lo acusan por algo grave es. Señor, no soy un ladrón… nunca le he robado a nadie, ni siquiera le echo agua al ron, ni saco cigarros de las cajas… ¿Y qué más, señor Pérez? No se vende más nada en el bar, señor. ¿De qué vive usted entonces? De mi sueldo, señor, doscientos treinta pesos y centavos al mes. Usted es un mentiroso, señor Pérez. Le aconsejo que diga la verdad y así el castigo será menor. ¿Por qué usted me llama mentiroso, señor? ¿Por qué lo llamo mentiroso..? usted mismo debería saberlo. Por fin, ¿va a confesar o no? No tengo nada que confesar, señor, le digo que soy inocente… Esto es el colmo. ¡Atilio San Juan!, venga aquí. Meta a este hombre en prisión, incomunicado, hasta que confiese. Pero, señor, qué… ¡A la orden, señor! Tenía usted razón, Atilio San Juan, este hombre es un mentiroso, un farsante, pero ya tendrá tiempo de reflexionar en la soledad de la celda; te lo llevas, Atilio San Juan, veo cómo el hombre se deja conducir a duras penas, y parece asombrado, como si no esperara esto; es lo normal, todos piensan que negando la verdad pueden engañar a la policía. Lo más curioso es que ya no me parece tan extraño, en el fondo se va pareciendo a todos los que están aquí, a tí mismo, Atilio San Juan, que lo empujas hacia el oscuro pasillo que conduce a los calabozos

En el cielo, con Senel Paz

Tenemos que admitir que llevaban razón aquellos santos varones [léase Luis Pavón, Papito Serguera, Quesada, et al] que, por esa misma época, insistían en la necesidad de poner mucho ojo en cuanto se escribiera, imprimiera y distribuyera en el país, ya fuera cuento, novela, obra de teatro o fragmentos de estos, y que, ante cualquier desliz como el citado [alude al capítulo 8 de Paradiso], se tratara con mano dura tanto al responsable de la escritura como a los de la edición, es decir, que todos fueran a cortar caña a los campos de Camagüey o a empaquetar libros en el trasfondo de las bibliotecas municipales [como Antón Arrufat]. Estos defensores de los valores más genuinos de la nueva sociedad, en su afán por salvaguardar a la juventud de las influencias perniciosas de las generaciones anteriores y sus congéneres extranjeros, llegaron a celebrar un congreso nacional de muy grata recordación [el I Congreso de la Eduacación y la Cultura] gracias al cual, al menos por cuatro o cinco años, lograron mantener a raya a los blandengues, los irresponsables, los intelectuales y los maricones, que todos son uno y lo mismo, pues Dios los cría y ellos se juntan contra las revoluciones.

Senel Paz
“En el cielo con diamantes”
Las acotaciones entre corchetes son mías.

Aladino

Apareció, como suelen aparecer, después de frotar una vieja lámpara que encontré tirada en un basurero. Era de aire, una especie de ensoñación que flotaba en medio de mi cuarto, con el pelo negro y rizado que le cubría toda la espalda. No era bella. O quizá sí lo era, pero a su manera. Sólo tienes un deseo, me dijo, pide lo que quieras y te será concedido en el acto. Quiero tus ojos verdes, alcancé a murmurar sin poder dejar de mirarla.
Al final desapareció, la nube que flotaba en mi cuarto se perdió por el fino agujero de la lámpara de aceite. Me llenó de oro las habitaciones, convirtió mi casa en un palacio con sirvientes, una piscina, y tres autos nuevos, y hasta un tenedor de bienes que debería administrar mi fortuna por los tiempos de los tiempos; todo eso a cambio de llevarse consigo sus ojos verdes.
Después de esa noche no he vuelto a dormir con tranquilidad. Por el día, me dedico a cambiar lámparas viejas por nuevas.

People always leave

La soledad en sí misma no es lo más terrible. Basta con negar a Borges y decir “si he de entrar en la soledad, pues ya estoy solo”, cerrar toda salida al mundo y quedarse escudriñando por la ventana entreabierta, tratando de tomarle el pulso a la vida que pasa allá afuera; soñar con todo lo que podría suceder en el futuro, que es la forma de vivir sin haber vivido, o de esperar la llegada del maná mientras dios se entretiene jugando a las cartas.
Lo más terrible es haberte conocido, saber que existes en algún lugar. Quiero sentarme a esperar, a ver cómo todo se pudre, pasto de la amargura y la desidia. Quiero dejar la memoria olvidada en un rincón. Cuando todos se hayan ido, no tendré con qué echarlos de menos.

El camino de Varennes

Ahí se van, sin despedirse siquiera, en el carruaje del rey, todas las ilusiones y los sueños; haciendo bulto entre los bultos, incomodando al cochero en el pescante, tratando de ganarse un espacio en el asiento junto a los monarcas, molestando al lacayo que intenta echarlos a patadas, que se bajen, que sigan a pie, que los coja la noche en medio del camino, hambrientos y llenos de polvo. Y muy a tiempo lo hacen, como si ya supieran que un poco más adelante, allá en Varennes-en-Argonne, el carruaje será detenido y los reyes devueltos a la capital. Pero ellos, más afortunados, aprovechan la confusión para seguir camino sin ser vistos y logran cruzar la frontera.
Es el fin. Nos han abandonado. Se han ido para siempre.
Y ahora, qué hacer con esta patria, tan escasa de patriotas, tan llena de exiliados…

Crónica del fin del mundo

Dios ha muerto. Lo han dejado tirado en un rincón. Lo han lanzado al basurero. Dios no ha ido al Cielo: varias capas de mugre yacen sobre él y no lo dejan levantarse. Los ángeles gritan por él, alzan su coro celestial para ser oídos en la tierra. Alzad a Dios, gritan los ángeles, pero los hombres se quedan viendo los deportes. Levantad a Dios, vuelven a decir, pero las mujeres sólo atinan a asomarse a las ventanas. Algunos empiezan a pensar que se acerca el fin del mundo. Y los curas comienzan a dar misas, por si acaso; y los usureros comienzan a sacar cuentas, también por si acaso. El mundo está sostenido por tres elefantes que andan sobre una tortuga gigante, y sobre la tierra se sostiene una alta bóveda celeste; y más allá está Dios.

Fotos








La muerte is out there

“La Muerte is out there”, reza el cartel…
La Muerte está allá afuera, en algún lugar, esperando a que la encontremos. Hay muchas formas de morir. Escojo, por ejemplo, la muerte por suicidio con arma de fuego. Un rifle encajado debajo de tu barbilla, o el cañón del mismo rifle en el cielo de la boca, o una pistola apuntando al lado de tu oreja, y de repente la nada. Escojo una muerte rápida, sin parientes y amigos que invariablemente se apiñarán al costado de tu cama a presenciar tu decadencia, que se turnarán un día sí un día no para cuidar de ti, o de lo que va quedando de ti, y que más tarde o más temprano irán comprendiendo que ya no tiene sentido; de parientes y amigos que invariablemente te mentirán a cada pregunta que hagas, que pronto vas a estar bien, que dice la doctora que debes hacer reposo, como si no supieran que, más tarde o más temprano, tú comprenderás que no hay nada que hacer, que no tiene sentido, que eres protagonista de la misma escena que tantas otras veces te ha tocado presenciar, y tendrás la certeza de que es esa escena, y no otra, la que estás viviendo. Escojo ahora, la muerte absurda. Levantarse una mañana como otra cualquiera, salir a trabajar, en tu moto, también como cada mañana, y de repente un auto se mete en tu camino y te tira hacia la otra senda, y el separador de la avenida hace que tu moto salte y caiga justo frente a una guagua que viene en dirección contraria. O de repente el auto que venía tranquilamente a tu lado en la misma avenida pierde la dirección y choca contra ti. Y entonces vas tú por el aire, no sé si en dirección a la defensa de la guagua o si al contén de la acera, y no lo sé porque realmente no importa, sólo es ese instante en el que estás volando, y apenas tienes tiempo de darte cuenta de lo que ocurre, sólo un momento, un fracción de segundo antes de que se termine el tiempo.

Alice in Wonderland

A Ivette

ALICE: Señor gato, ayúdeme…
GATO: ¿Qué te ocurre, niña?
ALICE: No sé por qué camino debo tomar.
GATO: Ah… ¿y hacia dónde quieres ir?
ALICE: Le digo que no sé. Estoy perdida, no conozco a nadie en este bosque. Incluso el conejo con smoking y trompeta y reloj despertador colgando del bolsillo al que venía siguiendo se ha logrado escabullir, y ahora no sé hacia dónde dirigirme…
GATO: Escúchame, niña, ninguna decisión en este momento es de vida o muerte. A no ser, por supuesto, que te tomes una botella de veneno, o te lances delante de un auto, o te pongas a mal con la señora reina…
ALICE: No, no pienso hacer nada de eso. Sólo dígame por dónde debo ir.
GATO: Bien, puedes ir por cualquiera de los caminos, con tal de que siguas en la misma dirección durante un tiempo, y así llegarás a algún lugar…
ALICE: (Ufff… qué gato más baboso) Adiós, señor gato, le agradezco su consejo.
GATO: Adiós, adiós, ve por la sombrita. Y si te vuelves a tropezar con ese conejo soplatubos no lo sigas, te podrías perder de nuevo… (a quién se le ocurre correr detrás de un conejo con smoking)

Final del período especial

No acabo de salir de la casa, cuando noto que en la esquina se ha levantado una algarabía. Me llego hasta allá a ver qué ocurre, y me entero de que en la radio han anunciado el final del Período Especial. Extrañamente, la gente no está alegre: unos camioneros se niegan a dar crédito a la noticia, y dicen que es imposible que el Período Especial pueda acabar de un día para otro. Junto a ellos aparecen los revendedores, los almaceneros, panaderos y bodegueros, y todos coinciden en que es una locura pretender que todo pueda terminar así como así.
Mucha gente se acerca a la discusión, y hay quienes tratan de demostrar las ventajas del fin del Período Especial. Comienzan a anticipar, por ejemplo, la caída de los precios, lo cual hace que más de uno se lleve las manos a la cabeza. De pronto, los zapateros la emprenden a botazos contra los que hablan, los carpinteros los golpean con sus martillos, los albañiles los cubren con un baño de mezcla recién acabada de hacer. Mientras los seguidores del fin del Período Especial se retiran ante el inesperado ataque, un camionero se alza sobre el capó de su camión e insta a comenzar una gran marcha por toda la ciudad, protestando contra tan cruel medida.
Los administradores y los gerentes de las empresas ven la marcha pasar frente a sus establecimientos. Muchos comienzan a sacar cuentas, y al no darles, deciden suspender el trabajo y sumarse a la manifestación. Los protestantes comienzan a llenar las calles principales de la ciudad. La policía, a tiempo advertida, se disfraza adecuadamente y se infiltra entre los manifestantes, a los que trata de dispersar usando métodos poco convencionales. Sin embargo, el hecho de estar disfrazados los confunde con el resto de las personas. Pronto los palos y las cabillas caen al suelo, y los policías terminan dejándose llevar por la multitud. A estas alturas la marcha ya ha paralizado toda la ciudad y se dirige a la sede del Gobierno, para reclamar la continuación del Período Especial.
Al fin, los gobernantes y sus asesores salen de la sala de reuniones, observan al pueblo agitado bajo las banderas y pancartas, coreando consignas a voz en cuello, y recuerdan que ellos están allí, precisamente, para cumplir la voluntad de las masas. Esa misma tarde la radio rectifica la noticia: el anuncio del fin del Período Especial ha sido un error, una patraña urdida por elementos al servicio del enemigo para desestabilizar a la nación, y otros argumentos más que con el tiempo he ido olvidando…

Sin título

Los temblores de la fiebre le duraron toda la noche. El escalofrió le subía por todo el cuerpo, incontenible, y ni siquiera echándose arriba todas las colchas y sábanas que encontró pudo terminar con él. Las manos le temblaban, todo el cuerpo le temblaba, y ya no sabía cómo contener aquel temblor descomunal. Pensó que no iba a llegar a la mañana siguiente, pero, extrañamente, no sentía miedo. El miedo, o la paranoia de la muerte (cuyo aliento siempre llevamos en la nuca, pensaba), sólo pertenece a los que aun ven lejana la hora de acudir a ella. Pero el viejo, que se sentía próximo a morir, sólo pensaba en encontrar una manera de terminar de una vez por todas con aquellos temblores; buscaba por todos los rincones el remedio para ese castañeo constante de los dientes, pero ni amarrándose con soga la mandíbula, ni mordiendo un trapo podía contenerse, porque el amarre de la soga a la cabeza no era lo suficientemente fuerte como para contener el incesante repiqueteo, y no quería el viejo que, por curarse de los temblores, fuera a morir ahorcado con su propio remedio (qué idea para alguien que de todas formas se sabe destinado a morir), y el trapo, si bien amortiguaba los golpes entre los dientes, no era capaz de acabar con la fuerza que provocaba los temblores, así que al final terminó el viejo escupiendo los trapos, renegando de la soga que quería llevarlo a la tumba antes que aquella fiebre de los mil demonios y, exhausto, se dedicó a recorrer toda la casa en busca de un botiquín de medicinas que ya ni siquiera recordaba en dónde había puesto la última vez que se había enfermado seriamente, muchos años antes del comienzo de esta maldita crisis (otra vez renegaba el viejo), y era como si la pobreza económica se hubiese propuesto acabar con su salud, que antes nunca cogía un catarro y desde que habían comenzado los apagones y por la televisión no cesaban de anunciar la inminencia de la hora cero (de cero comida, cero luz, cero esperanza y cero de todo lo imaginable y lo por imaginar) no había un mes en que la matunguera lo dejara libre, en que la gripe (bautizada siempre con el nombre de la mala de la telenovela de turno) no lo atrapara, en que no despertara con el temor de abrir los ojos para comprobar si por fin lo había atrapado durante el sueño esa extraña neuritis que dejaba ciegos de golpe a quienes, hasta la noche antes, nunca habían padecido de la vista; y ahora esta fiebre incontenible, como salida de las selvas africanas, que amenazaba con acabar con él. Lamentaba morir en medio de tanta miseria, nunca imaginó que fuera a morir pobre y solo, pero ya a nadie le importa que haya un viejo más o un viejo menos en esta ciudad de mierda, tan solo se preocupan por resolver sus problemas, conseguir su comida, ponerse para su negocio, que lo único que no puede hacer uno ahora es tirarse a morir, y precisamente eso era lo que iba a hacer él, viejo pendejo, se iba a morir justo cuando todos trataban de no morirse.Por suerte el botiquín apareció, y apareció en él un paquete de duralginas amarillas, guardadas desde alguna época lejana que ni siquiera se preocupó de recordar, como tampoco se preocupó por verificar la fecha de vencimiento, que ya debía haber pasado hacía muchísimo tiempo, porque las manos casi no le respondían y necesitaba abrir el paquete, sacar la cápsula salvadora, la que lo iba a rescatar de las mismísimas garras de Hades, de donde solo han podido retornar, que él recuerde, Orfeo, Ulises y el viejo fiorentino Dante Alihieri (y ahora él, duralgina mediante).

Espejo de (im)paciencia

Espejo de paciencia: augurio del futuro de la nación.
No sé por qué el primer texto de la literatura cubana se tenía que llamar, precisamente, Espejo de Paciencia. En todo caso su autor, ya sea Silvestre de Balboa o el tramposo de Domingo del Monte, miró en el cristal del adivino y resumió, en el título del poema, la esencia de la nación y de sus habitantes.

Evasiones

Colgado de un pie, haciendo un cuatro invertido, dentro de una habitación obscura y húmeda donde, fuera de su victimario no entra más nadie. Piensa en lo extrañas que resultan esas zonas vedadas al paso de los demás, donde una persona a pocos metros de otra, pero separadas por una pared, desconoce totalmente lo que ocurre del otro lado, y continúa despreocupada su camino hacia el mercado. ¿Qué harían de saber que él se encuentra así ahora? No vale la pena, no harían nada. Su victimario es buen esposo, padre de dos hijos a quienes tiene que llevar algo de comer cada noche. Por el día se dedica a romperle metódicamente las coyunturas, mientras se toma una buena jarra de cerveza con rapidez envidiable. Es un oficio, y nada más. No hay que culparlo de nada. A él tampoco hay que culparlo de nada: no es sodomita, ni luterano, y también es buen padre de familia. Sólo es un asunto de impuestos, unos pagos que no pudo realizar. Y cuando las cosas comienzan mal, terminan peor. Pues tuvo el desatino de romperle las rodillas al hideputa del recaudador, y el recaudador le rompió las rodillas a él, como era de esperar, trayendo a los guardias, confiscando sus propiedades y llevándose a su familia. No es asunto que preocupe, hay que verlo con buenos ojos. Cuando se aburran de romperle uno a uno todos los huesos lo lanzarán a los cocodrilos, pero a esas horas ya no va a importarle mucho. Eso si antes no lo acaba la fiebre, lo cual causaría gran disgusto entre sus victimarios. Después al cielo, donde dios lo está esperando con los brazos abiertos, dispuesto a perdonarle todas sus culpas.

Newer entries »