El hombre extraño

Esta es la versión original -y con la (mala) puntuación original- de “El hombre extraño”, cuento que ganó hace algunos años el primer premio en el concurso de cuentos cortos El Dinosaurio. Es mi primer -y único- cuento publicado en soporte tradicional: una antología que se publicó a raiz del concurso, un tabloide (mi agradecimiento al chino Heras por haberme incluido); además de encontrarlo hace poco en el nuevo sitio web del Centro Onelio, junto al resto de los cuentos premiados en las distintas versiones del concurso.

El cuento está escrito en torno a una frase que aparece a la mitad: “no se puede vivir aquí [en Cuba] sin cometer alguna ilegalidad”. Decir esto en el año 2002 me parecía una audacia. En estos momentos creo que ya se han dicho cosas más fuertes, y nadie ha perdido el sueño por ello.

te me acercas como siempre, Atilio San Juan, y me dices Señor capitán, hemos detenido a este hombre. ¿Acusado de qué? Acusado, señor, por sus vecinos. Dicen que lo encuentran sospechoso, señor. ¿Dónde están las pruebas, Atilio? Hasta ahora no hay pruebas, pero las habrá, ya aparecerá el delito, solamente tenemos que interrogarlo y él mismo lo dirá. Déjelo libre, Atilio, quiero decirte, pero me quedo a mitad de la frase. Es cierto que no puedo detener a alguien sin pruebas de que existe un delito, pero este hombre, tal y como dices, tiene un aspecto extraño. Puede ser que tenga usted razón, Atilio, este hombre debe esconder algo; además, su mirada no es normal, mira de frente, parece muy seguro de sí cuando, frente a un policía, cualquier hombre siente miedo. ¿Qué hacemos, señor? Déjeme a solas con él, Atilio. A ver, dígame su nombre. Pérez, señor, mi nombre es Pérez. Confiese, señor Pérez, ya lo sabemos todo: sabemos quién es usted, quiénes son sus amigos y las actividades que realiza. No tengo amigos, señor; no realizo esas actividades que usted piensa. ¿Cómo sabe lo que yo estoy pensando? ¿A qué se dedica usted, señor Pérez? Trabajo en un bar, señor. ¿Y dice usted que no tiene amigos, aun trabajando en un bar? Conozco a muchas personas que pasan por el bar, pero ninguno de ellos es mi amigo. Digamos entonces que son sus cómplices, ¿o es que lo hace solo? Vivo solo, señor, pero no se de qué usted me habla. De sus actividades ilegales, señor Pérez. Es imposible vivir aquí y no cometer alguna ilegalidad, y cuando sus vecinos lo acusan por algo grave es. Señor, no soy un ladrón… nunca le he robado a nadie, ni siquiera le echo agua al ron, ni saco cigarros de las cajas… ¿Y qué más, señor Pérez? No se vende más nada en el bar, señor. ¿De qué vive usted entonces? De mi sueldo, señor, doscientos treinta pesos y centavos al mes. Usted es un mentiroso, señor Pérez. Le aconsejo que diga la verdad y así el castigo será menor. ¿Por qué usted me llama mentiroso, señor? ¿Por qué lo llamo mentiroso..? usted mismo debería saberlo. Por fin, ¿va a confesar o no? No tengo nada que confesar, señor, le digo que soy inocente… Esto es el colmo. ¡Atilio San Juan!, venga aquí. Meta a este hombre en prisión, incomunicado, hasta que confiese. Pero, señor, qué… ¡A la orden, señor! Tenía usted razón, Atilio San Juan, este hombre es un mentiroso, un farsante, pero ya tendrá tiempo de reflexionar en la soledad de la celda; te lo llevas, Atilio San Juan, veo cómo el hombre se deja conducir a duras penas, y parece asombrado, como si no esperara esto; es lo normal, todos piensan que negando la verdad pueden engañar a la policía. Lo más curioso es que ya no me parece tan extraño, en el fondo se va pareciendo a todos los que están aquí, a tí mismo, Atilio San Juan, que lo empujas hacia el oscuro pasillo que conduce a los calabozos