Aquiles y la tortuga

Por mucho que Zenón se empeñó en explicarle a Aquiles las reglas del juego, este no llegó a comprender que, en lugar de pasarle por el lado a la tortuga y ganar fácilmente la carrera, debía ir tan despacio como pudiera, de forma tal que, por mucho que se acercara a ella, nunca lograra alcanzarla.
A la hora de la verdad, Aquiles corrió tan rápido como pudo y llegó a la meta en pocos segundos, para admiración de sus seguidores. La tortuga no tuvo otro remedio que retirarse de la competencia cuando comprendió que no tenía sentido seguir, y avergonzada metió la cabeza dentro del carapacho.
-¡Qué mierda de carrera! -comentó Zenón desde la tribuna, mientras pagaba el dinero perdido en las apuestas. -Estos malditos militares nunca llegarán a comprender lo que dice un intelectual.

El hombre extraño

Esta es la versión original -y con la (mala) puntuación original- de “El hombre extraño”, cuento que ganó hace algunos años el primer premio en el concurso de cuentos cortos El Dinosaurio. Es mi primer -y único- cuento publicado en soporte tradicional: una antología que se publicó a raiz del concurso, un tabloide (mi agradecimiento al chino Heras por haberme incluido); además de encontrarlo hace poco en el nuevo sitio web del Centro Onelio, junto al resto de los cuentos premiados en las distintas versiones del concurso.

El cuento está escrito en torno a una frase que aparece a la mitad: “no se puede vivir aquí [en Cuba] sin cometer alguna ilegalidad”. Decir esto en el año 2002 me parecía una audacia. En estos momentos creo que ya se han dicho cosas más fuertes, y nadie ha perdido el sueño por ello.

te me acercas como siempre, Atilio San Juan, y me dices Señor capitán, hemos detenido a este hombre. ¿Acusado de qué? Acusado, señor, por sus vecinos. Dicen que lo encuentran sospechoso, señor. ¿Dónde están las pruebas, Atilio? Hasta ahora no hay pruebas, pero las habrá, ya aparecerá el delito, solamente tenemos que interrogarlo y él mismo lo dirá. Déjelo libre, Atilio, quiero decirte, pero me quedo a mitad de la frase. Es cierto que no puedo detener a alguien sin pruebas de que existe un delito, pero este hombre, tal y como dices, tiene un aspecto extraño. Puede ser que tenga usted razón, Atilio, este hombre debe esconder algo; además, su mirada no es normal, mira de frente, parece muy seguro de sí cuando, frente a un policía, cualquier hombre siente miedo. ¿Qué hacemos, señor? Déjeme a solas con él, Atilio. A ver, dígame su nombre. Pérez, señor, mi nombre es Pérez. Confiese, señor Pérez, ya lo sabemos todo: sabemos quién es usted, quiénes son sus amigos y las actividades que realiza. No tengo amigos, señor; no realizo esas actividades que usted piensa. ¿Cómo sabe lo que yo estoy pensando? ¿A qué se dedica usted, señor Pérez? Trabajo en un bar, señor. ¿Y dice usted que no tiene amigos, aun trabajando en un bar? Conozco a muchas personas que pasan por el bar, pero ninguno de ellos es mi amigo. Digamos entonces que son sus cómplices, ¿o es que lo hace solo? Vivo solo, señor, pero no se de qué usted me habla. De sus actividades ilegales, señor Pérez. Es imposible vivir aquí y no cometer alguna ilegalidad, y cuando sus vecinos lo acusan por algo grave es. Señor, no soy un ladrón… nunca le he robado a nadie, ni siquiera le echo agua al ron, ni saco cigarros de las cajas… ¿Y qué más, señor Pérez? No se vende más nada en el bar, señor. ¿De qué vive usted entonces? De mi sueldo, señor, doscientos treinta pesos y centavos al mes. Usted es un mentiroso, señor Pérez. Le aconsejo que diga la verdad y así el castigo será menor. ¿Por qué usted me llama mentiroso, señor? ¿Por qué lo llamo mentiroso..? usted mismo debería saberlo. Por fin, ¿va a confesar o no? No tengo nada que confesar, señor, le digo que soy inocente… Esto es el colmo. ¡Atilio San Juan!, venga aquí. Meta a este hombre en prisión, incomunicado, hasta que confiese. Pero, señor, qué… ¡A la orden, señor! Tenía usted razón, Atilio San Juan, este hombre es un mentiroso, un farsante, pero ya tendrá tiempo de reflexionar en la soledad de la celda; te lo llevas, Atilio San Juan, veo cómo el hombre se deja conducir a duras penas, y parece asombrado, como si no esperara esto; es lo normal, todos piensan que negando la verdad pueden engañar a la policía. Lo más curioso es que ya no me parece tan extraño, en el fondo se va pareciendo a todos los que están aquí, a tí mismo, Atilio San Juan, que lo empujas hacia el oscuro pasillo que conduce a los calabozos

Aladino

Apareció, como suelen aparecer, después de frotar una vieja lámpara que encontré tirada en un basurero. Era de aire, una especie de ensoñación que flotaba en medio de mi cuarto, con el pelo negro y rizado que le cubría toda la espalda. No era bella. O quizá sí lo era, pero a su manera. Sólo tienes un deseo, me dijo, pide lo que quieras y te será concedido en el acto. Quiero tus ojos verdes, alcancé a murmurar sin poder dejar de mirarla.
Al final desapareció, la nube que flotaba en mi cuarto se perdió por el fino agujero de la lámpara de aceite. Me llenó de oro las habitaciones, convirtió mi casa en un palacio con sirvientes, una piscina, y tres autos nuevos, y hasta un tenedor de bienes que debería administrar mi fortuna por los tiempos de los tiempos; todo eso a cambio de llevarse consigo sus ojos verdes.
Después de esa noche no he vuelto a dormir con tranquilidad. Por el día, me dedico a cambiar lámparas viejas por nuevas.

Final del período especial

No acabo de salir de la casa, cuando noto que en la esquina se ha levantado una algarabía. Me llego hasta allá a ver qué ocurre, y me entero de que en la radio han anunciado el final del Período Especial. Extrañamente, la gente no está alegre: unos camioneros se niegan a dar crédito a la noticia, y dicen que es imposible que el Período Especial pueda acabar de un día para otro. Junto a ellos aparecen los revendedores, los almaceneros, panaderos y bodegueros, y todos coinciden en que es una locura pretender que todo pueda terminar así como así.
Mucha gente se acerca a la discusión, y hay quienes tratan de demostrar las ventajas del fin del Período Especial. Comienzan a anticipar, por ejemplo, la caída de los precios, lo cual hace que más de uno se lleve las manos a la cabeza. De pronto, los zapateros la emprenden a botazos contra los que hablan, los carpinteros los golpean con sus martillos, los albañiles los cubren con un baño de mezcla recién acabada de hacer. Mientras los seguidores del fin del Período Especial se retiran ante el inesperado ataque, un camionero se alza sobre el capó de su camión e insta a comenzar una gran marcha por toda la ciudad, protestando contra tan cruel medida.
Los administradores y los gerentes de las empresas ven la marcha pasar frente a sus establecimientos. Muchos comienzan a sacar cuentas, y al no darles, deciden suspender el trabajo y sumarse a la manifestación. Los protestantes comienzan a llenar las calles principales de la ciudad. La policía, a tiempo advertida, se disfraza adecuadamente y se infiltra entre los manifestantes, a los que trata de dispersar usando métodos poco convencionales. Sin embargo, el hecho de estar disfrazados los confunde con el resto de las personas. Pronto los palos y las cabillas caen al suelo, y los policías terminan dejándose llevar por la multitud. A estas alturas la marcha ya ha paralizado toda la ciudad y se dirige a la sede del Gobierno, para reclamar la continuación del Período Especial.
Al fin, los gobernantes y sus asesores salen de la sala de reuniones, observan al pueblo agitado bajo las banderas y pancartas, coreando consignas a voz en cuello, y recuerdan que ellos están allí, precisamente, para cumplir la voluntad de las masas. Esa misma tarde la radio rectifica la noticia: el anuncio del fin del Período Especial ha sido un error, una patraña urdida por elementos al servicio del enemigo para desestabilizar a la nación, y otros argumentos más que con el tiempo he ido olvidando…

Evasiones

Colgado de un pie, haciendo un cuatro invertido, dentro de una habitación obscura y húmeda donde, fuera de su victimario no entra más nadie. Piensa en lo extrañas que resultan esas zonas vedadas al paso de los demás, donde una persona a pocos metros de otra, pero separadas por una pared, desconoce totalmente lo que ocurre del otro lado, y continúa despreocupada su camino hacia el mercado. ¿Qué harían de saber que él se encuentra así ahora? No vale la pena, no harían nada. Su victimario es buen esposo, padre de dos hijos a quienes tiene que llevar algo de comer cada noche. Por el día se dedica a romperle metódicamente las coyunturas, mientras se toma una buena jarra de cerveza con rapidez envidiable. Es un oficio, y nada más. No hay que culparlo de nada. A él tampoco hay que culparlo de nada: no es sodomita, ni luterano, y también es buen padre de familia. Sólo es un asunto de impuestos, unos pagos que no pudo realizar. Y cuando las cosas comienzan mal, terminan peor. Pues tuvo el desatino de romperle las rodillas al hideputa del recaudador, y el recaudador le rompió las rodillas a él, como era de esperar, trayendo a los guardias, confiscando sus propiedades y llevándose a su familia. No es asunto que preocupe, hay que verlo con buenos ojos. Cuando se aburran de romperle uno a uno todos los huesos lo lanzarán a los cocodrilos, pero a esas horas ya no va a importarle mucho. Eso si antes no lo acaba la fiebre, lo cual causaría gran disgusto entre sus victimarios. Después al cielo, donde dios lo está esperando con los brazos abiertos, dispuesto a perdonarle todas sus culpas.