Vocación

para Karina Marrón

(respondiendo a su publicación en Espacio Libre)

Una, dos, tres… y hasta la quinta opción. La boleta tenía más espacios, se podían pedir más carreras siempre y cuando fueran de corte pedagógico. Pero quién quería ponerse a dar clases, irse a estudiar a Ciudad Libertad cuando muy bien podía terminar en la UH, o en la Cujae. Sobre todo la UH. De la infancia me llegaban los recuerdos de mi madre haciendo pruebas los domingos en la tarde, en la facultad de Filosofía e Historia de la UH, curso para trabajadores, o adentrándose en la antigua casa de don Fernando Ortiz, yo junto a ella, en busca de algún libro necesario. Recordaba mirar los autos bajando a toda velocidad por la calle aledaña al estadio universitario, y a mí mismo correteando por los alrededores de la facultad de Historia, o por sobre el techo de la cafetería donde años más tarde el gordo Gerónimo (el Alcalde de Sodoma, según el negro Tomás) nos vendería todo tipo de panes, empanadas, arroces y refrescos, cuando queríamos buscar alguna opción a los repugnantes almuerzos del comedor universitario José Machado (el cual, dado el carácter terrorista de las comidas que allí se ofrecen, bien podría llamarse Gerardo y no José, para no deshonrar al héroe y sí aborrecer al otrora dictador).

Así que nada de Pedagógico. Mi promedio durante los tres años me lo permitía. Había obtenido 100 en todas las materias, excepto en Educación Física 11no grado (“ven a revalorizar”, me había dicho el profesor durante el almuerzo delante de todos mis compañeros, pero yo decidí no pasar por la humillación de revalorizar esa “asignatura”); y Preparación Militar, donde no gozaba del aprecio de Luis el PMI, quien se negaba a darme los 2 o 3 puntos que me faltaban para llegar a la calificación perfecta. Las calificaciones del segundo semestre de 12 grado no contaban. Esas no eran tan buenas, pues había decidido dedicarme a la guitarra durante los autoestudios en lugar de estudiar, digamos, la ley de la relatividad de Einstein (la profesora de Física me había salvado de mi primer suspenso en el pre al regalarme sesentaytantos puntos en esa prueba).

Así, tenía a dos muchachas por encima en el escalafón para Ciencias de la Computación, mi asignatura preferida.  Liuva y Cristina, ellas dos con sus 100 puntos exactos; yo con mis 99 largos, y los demás aspirantes por debajo de mí; ten total res o cuatro más, de forma tal que no alcanzaban las 5 plazas que se ofrecían para toda la provincia Habana.

Rellené la boleta como mejor se me ocurrió. La segunda opción fue Ingeniería Informática, prima hermana de la primera, aunque su corte marcadamente ingenieril nada tenía que ver con mi vocación por la programación. El tercer y cuarto lugares lo ocuparon dos ingenierías más, de cuyos nombres no logro acordarme, y en las cuales quizá no hubiera sido muy feliz. El quinto puesto, para cerrar con alguna asignatura que sí pudiera obtener en caso de fracasar las otras cuatro, lo ocupaba la Matemática pura. Años más tarde, y no frente al pelotón de fusilamiento sino estando ya en la propia facultad de Matemática y Computación, comprendería que seguramente no habría durando demasiado en esa carrera.

Esas fueron mis opciones. Hices las pruebas de ingreso y de mi tercer lugar caí al quinto. Los estudios de guitarra me habían relajado tanto que en las pruebas de ingreso no logré los mejores resultados. No obstante obtuve lo que quería. Afuera quedó mi amigo Carlos Cueto; él si se tuvo que ir con la Matemática pura, y no le fue mal: se graduó y ahora es profesor en la UH.

De toda esta historia solo queda añadir que durante el año del Servicio Militar comenzaron las dudas. Un día me di cuenta de que me interesaba escribir, que debía haber pedido alguna carrera afín con las letras. Sin embargo no hice nada por cambiar de carrera, aunque lo tuve en planes si por alguna casualidad no me iba bien en el primer año. A fin de cuentas, la programación siempre me había gustado y me sigue gustando, de forma tal que me convertí en un escritor frustrado. Pienso que de haber cambiado, habría sido entonces un programador frustrado.

Terminé mi licenciatura en Ciencia de la Computación; alternativamente pasé el curso del Centro Onelio Jorge Cardoso. Mis conflictos profesionales aun siguen sin resolverse.