En el cielo, con Senel Paz

Tenemos que admitir que llevaban razón aquellos santos varones [léase Luis Pavón, Papito Serguera, Quesada, et al] que, por esa misma época, insistían en la necesidad de poner mucho ojo en cuanto se escribiera, imprimiera y distribuyera en el país, ya fuera cuento, novela, obra de teatro o fragmentos de estos, y que, ante cualquier desliz como el citado [alude al capítulo 8 de Paradiso], se tratara con mano dura tanto al responsable de la escritura como a los de la edición, es decir, que todos fueran a cortar caña a los campos de Camagüey o a empaquetar libros en el trasfondo de las bibliotecas municipales [como Antón Arrufat]. Estos defensores de los valores más genuinos de la nueva sociedad, en su afán por salvaguardar a la juventud de las influencias perniciosas de las generaciones anteriores y sus congéneres extranjeros, llegaron a celebrar un congreso nacional de muy grata recordación [el I Congreso de la Eduacación y la Cultura] gracias al cual, al menos por cuatro o cinco años, lograron mantener a raya a los blandengues, los irresponsables, los intelectuales y los maricones, que todos son uno y lo mismo, pues Dios los cría y ellos se juntan contra las revoluciones.

Senel Paz
“En el cielo con diamantes”
Las acotaciones entre corchetes son mías.