Intermezzo

…y a uno le da por preguntarse qué ha hecho en todos estos años, y si han servido para algo, y se pone a sacar cuentas del tiempo perdido, y entonces cae en una de las tantas disquisiciones existenciales que sólo sirven para amargarle el día… ¡maldita manía de pensar!

Las palabras de los poetas

-¿Mañana fue miércoles?- le pregunta el niño a la madre. Y la madre le responde, bajito, al oído, como para no molestar a los que van con ella en la guagua, que no se dice “mañana fue miércoles”, y le explica que ayer fue miércoles y que mañana será viernes, hasta que el niño, conforme, se pone a explicarle una receta que vio por la tele y que quiere que la mamá le haga.
Eso porque era solamente un niño.
De haber sido un poeta, no pocos habrían celebrado su gran ingeniosidad, el juego de palabras inédito, el concepto del tiempo que se podía encontrar no solo en frase tan célebre, sino en toda su obra anterior; y habría, incluso, quienes escribirían tomos enteros de ensayos y lo calificarían de poeta inmortal y de gloria imperecedera de la cultura del país.

Enseñanzas del Tao

…ella me dijo que alguna vez leyó que había dicho Lao Tse, ese que fue niño, viejo y sabio al mismo tiempo, que el mayor don es el poder de seguir el camino en soledad…

El lugar del intelectual

Guillermo Rodriguez Rivera

He visto día tras día a Guillermo Rodríguez Rivera, con su cabellera blanca y su andar pesado de paquidermo viejo, haciendo la cola del comedor universitario José Machado; y después, con la cuchara de calamina en una mano y la bandeja en la otra, ir a sentarse él solo a una mesa a comer el nada apetecible almuerzo: el arroz, los garbanzos, el picadillo de soja extendido con col, el pan soporífero que cae en el estómago como una piedra y que convierte al hecho de subir la loma de regreso a la Universidad en una caminata lúgubre bajo el sol.
No se si admirarme, o si sentir lástima por el viejo profesor y poeta que va al mismo comedor de todos, lleno de tías gritonas, de cocineros ladrones y alumnos irreverentes. Quizás muchos de ellos pasen por su lado sin conocerlo, tropiecen con él, que es torpe al andar, le dirijan alguna palabrota por estar metido en el medio. Quizás alguno lo reconozca, como yo, y se pregunte qué hace en ese comedor de los mil demonios un escritor reconocido como él.
He llegado a pensar que tal vez la gloria de un intelectual no sea mayor que la de un albañil, un plomero, un matarife.